A LA HERMANDAD DE LA RESURRECCION

 

Y al tercer día…

  

Sevilla, como siempre, maestra y señora. Doctora y experta en los saberes de la vida. ¿Y cómo no iba Sevilla a tener su Evangelio? El Quinto Evangelio…según Sevilla.

Al tercer día, aún de madrugada, fue el cofrade a buscar al que había dejado en el sepulcro. Aún en su oído resonaban las saetas de San Lorenzo, aún escuchaba las bambalinas de la Esperanza. Anduvo hasta el corazón de la calle San Luis, allá a la Plazuela de Santa Marina, junto al colegio lasaliano. Como una flor que se marchita, se iba acabando la Semana Mayor. El cansancio iba apareciendo en su corazón y hacía mella en él.

Mas pronto, como narró el evangelista, se oyó un ruido y como si de la losa del sepulcro se tratase, la puerta se abrió. Bajo la ojiva iban apareciendo pulcros nazarenos blancos, cual radiante luz que precede al Mejor de los Nacidos. Luz que irá creciendo hasta que un ángel nos pregunte “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Y vestido de blanco inmaculado nos señalará con su dedo al que ha Resucitado.

Será entonces cuando comiencen a sonar marchas, alegre melodía que dejará atrás el ronco tambor destemplado. Como también atrás quedó la Cruz, en el pasado, y ahora el Sepulcro. Tambores y cornetas que serán preludio del vivaz repicar de campanas del Domingo de Gloria. Se alzará ante nosotros el Resucitado. Un Cristo con los brazos abiertos para mostrarnos que la sangre ya forma parte del pasado. Amplios brazos para acoger a todos los cristianos. Y un rostro que no es humano. ¿Quién te hizo, Padre, quién tuvo esas manos? Sólo un maestro de maestros, uno de los más grandes del XX.

Pero si bello eres de noche, por un rinconcito de Doña María Coronel o bajando por Orfila, no lo eres menos de día a tu paso por el Salvador o ya cerca de las Hermanitas. Y será allí donde se viva uno de esos momentos culmen que todo sevillano espera, cuando blancas voces Le canten por última vez en esa primavera. ¡Resucitó, Aleluya! entonarán como si de un coro de ángeles se tratase las que un día su vida a Ti entregasen. ¡Qué gran ejemplo nos dejaste un día en esa pequeña ancianita de inmenso corazón!

Y se irá apurando la mañana. Todo se ha consumado, el que estaba muerto ha resucitado. Y Sevilla que cada año se turba al llegar el azahar, volverá a su rutinario quehacer. Nos quedará sólo el recuerdo. En nuestras manos el frío de la plata; en nuestros ojos multitud de estampas; en nuestra boca la miel de las torrijas; en nuestros oídos el rachear del esparto; y en nuestro olfato el clavo, la vainilla y tantas otros aromas que adoban el incienso. Ese incienso que sólo los maestros priostes saben preparar. Ya nada nos quedará, tan sólo el chirriar de las ruedas de los coches al pasar.

Pero no hermanos, no es éste el final, aún queda mucho por decir pues el que fue humillado ha sido ensalzado. Ya no está Despojado en Molviedro, ni Descendido por la Magdalena. No está ya Maniatado por San Pablo, ni Abofeteado en San Lorenzo. Que no está, hermanos, Crucificado en San Buenaventura ni Amortajado en la Paz. No es éste el fin, pues Cristo no quedó coronado de espinas sino de divinidad. La misma que Sevilla le quiso poner con tres potencias que -tan cofradieramente hablando- va portando en esta bendita mañana.

No es éste el fin pues aún habrá de venir la que nos cobija bajo su manto, a la que nos acogemos en la Soledad. ¿Qué mejor final, iba a  poner esta Tierra de María, que ese broche de oro que cierra la Semana Santa? Y el cofrade lleno de alegría, se irá a buscar a su bendita Madre. Y allí estará Ella, con su rostro aún doliente. Mas no supo Sevilla dejar a la Madre afligida, sino que nos la mostró con esa sonrisa incipiente. Madre de la Aurora que en tu rostro aún guardas las señales de lo que aconteció, aún nos muestras en tus ojos el Séptimo Dolor. Pero ya no recorren lágrimas tus mejillas, ya no frunces tu entrecejo de dolor. Tu manípulo en pura azucena se tornó. Y Te dirá el cofrade a modo de oración:

 

Déjame Madre acompañarte

en éste último día,

déjame ser como el clavel

que está a tus pies

o como el cirio

que se consume en tu candelería.

Déjame Madre soñar

esta última jornada de la Semana,

y que tras sonar por última vez

“Amarguras”, me despierte

a la voz del capataz

cuando diga por última vez:

 

¡Ahí queó!

 

  

Iván García de Quirós García de Quirós