A LA HERMANDAD DE LA SOLEDAD DE SAN LORENZO

AVE  MARÍA

 

Como los árboles esperan ansiosos la primavera para mostrar de ellos su mayor encanto con el que enamorar a los ojos, y luego temen al otoño porque les devolverá a la realidad de saber que la eternidad es solo una quimera, Sevilla vive y espera lo que más ama y teme la semana de Pasión. 7 días bastan para crear el mundo, y 7 días le bastan a la mariana ciudad para crear su mundo. Un mundo lleno de sabores, olores sentimientos, y recuerdos, cuantos recuerdos. Recuerdos de casas de vecinos donde los niños correteaban hasta que llegaba la hora de ponerse el antifaz, recuerdos de madres que cosían botones para túnicas que, cuando el azahar floreciera, verían en sus seres queridos ceñirse, recuerdos de una plaza sevillana donde el sol torna cada color en diferente según la hora del día, y según le plazca, para así dibujar, a modo de sonrisa burlesca, su regalo para el dolor de una Madre que ve a su hijo abofeteado cerca de su capilla, a su hijo cargado con una cruz que abraza su templo, y a un hijo crucificado frente a sus ojos.

 

Soledad, la palabra más dura que existe convertida en dolor de Madre, el último dolor que le queda a la Semana Santa, la última lágrima que rompe el silencio en saeta, el último desgarro de la mirada al ver pasar con pañuelo a la que nunca será consolada. Ensimismada, con la mirada baja pasa aquella que vive en San Lorenzo, aquella por la que caballeros, de los que llevaban capa y de los que servían sin ella, se postraban y se postran. Todos quieren acompañar con hábito blanco y negro a la que fue, es y será Soledad de San Lorenzo, a aquella ante la que todos hablamos agarrados a sus barrotes,  ante la que cada Sábado Santo caminamos en compañía, ante la que nos preguntamos como puede estar tan sola, si nosotros ese día cuando andamos junto a Ella es cuando más acompañados nos sentimos, más protegido nos hayamos, nuestras percepciones no son de Soledad, no son de tristeza, son de amor y reflexión, nunca la campana se cubrió de más compañía que cuando Ella la pasa, nunca la Catedral estuvo tan llena como cuando Ella la pisó, nunca esa plaza se encontró tan repleta como cuando Ella la recorre, y aún así esta sola, su mirada me lo dice, me lo dice el silencio que junto a Ella se crea al pasar, me lo dicen las caras de las personas que en cada pestañeo, en cada suspiro le dicen que a Ella Sevilla entera la acompaña, pero Ella impasible, siglo tras siglo, sigue sola.

 

En cada hoja de árbol de la plaza, desde la que  Ella mira al mundo, hay una lágrima tatuada de un cofrade que vio como el corazón le tendía una trampa, y dejaba recorrer una lágrima al escuchar una saeta en esa plaza, la luna como testigo, y a la vez celosa guardiana de la noche, brinda al sevillano la única luz que se necesita para contemplar su entrada. Aguardando, con los labios sellados, no se sabe si por la emoción o por el respeto a lo que se vive, nos hacemos cómplices de la oscuridad para volcar nuestras miradas, incapaces de almacenar cada detalle, en lo único capaz de centrar cada pupila de la sobria noche. Ya se acabó el sueño, aunque la luna la quiera retener, ya se acabó el murmullo, aunque cada corazón no pare de hablar, solo queda el trayecto que han de recorrer una Madre y la Cruz con el sudario que le robó a su hijo. La saeta se escapa cual pañuelo que acompaña cada melancólica zancada que la dirige hasta su lugar de partida. La puerta se cierra, el sueño se acaba, de nuevo, otro año más, se nos fue sin decirnos porqué está tan sola, y que tiene en su mirar, el porqué su mirar nos enamora, ¡ay mí Soledad!, me acerco hasta tu puerta a despedirme hasta mañana y con un Ave María es con lo que se decirte buenas noches, y hasta el año que viene cuando el sol nos sirva de compañero por las calles de la que es tu bien conocida y protegida ciudad.

 

 

 María Ledesma