San Isidoro, como ayer, como ahora y como siempre...

(A mi amigo y casi hermano José A. Izquierdo de Montes)

 

Cuando el sol del Viernes Santo busca el poniente, dándonos el mágico atardecer de cada día, en la Costanilla, uno de los tres lugares que según Cervantes tenía el Rey de las Españas por ganar en Sevilla, vuelve a abrirse el túnel del tiempo.

La alta Cruz de Guía, de tan particular y noble hechura, abre el camino que nos traerá el más bello tesoro escondido de nuestra Semana Santa, el tesoro de la perfección que nos conquista cada Viernes Santo y que permanece inalterable, aunque los tiempos y la ciudad cambien en pos de una modernidad que no le importa vivir de espaldas a ella misma.

La Costanilla es ya un hervidero de gente cuando las negras sombras avanzan, siguiendo el rito y la compostura aprendidas con los siglos, cultivadas quizás desde la infancia, cuando esa mano que hoy sostiene un cirio, un lejano Viernes Santo fueron manos inocentes de naveta que iban de la mano de un nazareno camino de la iglesia de San Ysidoro, aprendiendo a ser cofrades.

La brisa de la tarde callada nos acaricia, cuando a lo lejos, se divisa la tercera y definitiva caída de nuestra Semana Santa, el cortejo avanza, detallándonos viejas formas perdidas de varas encuarteladas y trayéndonos como siempre la singular ilusión de volver a ver, a aquel nazareno de nuestra niñez al que esperábamos con su bocina y que aunque ya hace años que partió repentinamente junto a Nuestro Padre Jesús, siempre creeremos volver a verlo pasar por un momento.

De pronto, el majestuoso paso del Señor se levanta, -alguien dijo alguna vez que este paso debería ser declarado monumento artístico de Sevilla para gloria de aquel Currito “el doraó” -, y echa andar, la ciudad calla sobrecogida por la imagen que se acerca sobre esa alfombra del monte de claveles puestos para amortiguar su caída, aunque parece que de verdad ha caído sobre los adoquines de Luchana o de Javier Lasso de la Vega, y que a su paso por nuestra calle de Amargura, han brotado lirios, y calas sobre ese camino de cardos, espinas e inmundicias que Él recorre cargado con una cruz sobre los hombros por nuestras miserias mundanas. Nuestra mirada se clava en Él y su impresionante Cirineo, su amparador inseparable, intenta aliviar su pesar para levantar la Cruz de nuestro pecados.

Cuando ya es noche plena de Viernes Santo, la Giralda vigila y Placentines aguarda bajo la luna de Parasceve, que irradia sus destellos plateados para poder eclipsar al oriente dorado que ya avanza a lo lejos, el disciplinado cortejo de silentes nazarenos avanza, en algunos se aprecia sus formas antiguas hasta en detalles tan desapercibidos como los escudos que involuntariamente dejan ver sobre el lienzo negro, ya se acercan los ciriales y el silencio sólo es roto muy a lo lejos por alguna que otra voz infantil que el Pavero intenta calmar con las formas propias de la Hermandad, formas aprendidas y heredadas de otro nazareno de su misma sangre, el humo de los incensarios parecen trasladarnos en una nube que nos regala la visión del tesoro dorado de este Viernes Santo, hoy igual que ayer, pero igual también que mañana, el tiempo parado en la Domus Aurea, el aire de siempre, las formas eternas, esas que no entienden de modas ni de tendencias.

Parecen que son de siempre los bordados de sus bambalinas o el primor de su orfebrería dorada, de siempre la elegancia de Nuestra Madre de Loreto, esa que ya se representaba en aquellos grabados del XVIII y que hoy se nos muestra con la inseparable miniatura del Plus Ultra.

Tras la levantá, echa a andar del palio con el compás justo, lo que nos hace deleitarnos y disfrutar al ver como la Casa de Oro se marcha entre nubes de incienso como levitando en el aire... tras ella su escolta de honores y el cortejo litúrgico, el palio se va alejando y nuestra mirada no cesa de mirar las formas perdidas que se lleva con ella esta Hermandad.

San Isidoro pasó, como ayer, como ahora y como siempre.

                                                                                 

José Luis Trujillo del Real