
A LA HERMANDAD DE LA O
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LAS FLORES QUE SE VIERON BAJO LAS NUBES
Técnicamente parte de este artículo podría ser un plagio. Bueno, quizá expié un poco la culpa porque la parte que reproduzco al menos lo sabe su autor. Si me leen, les explico. Una cita hebrea nos relata sobre lo dichoso que se puede sentir un hombre cuando ve a su hijo dar gracias a Dios. Quizá no existe más alegría que ver como tu hijo te habla de lo que más queremos y defendemos: la fe en Dios y la ilusión por mantener viva la memoria de nuestra Semana Santa. Por eso el otro día hablaba sobre cofradías con Jesús, el menor de mis hijos con quince años recién cumplidos, y me contaba que el año pasado no pudimos ver juntos a la hermandad de la O por las calles. A uno que le tira la profesión, se le ocurrió pedirle que lo que me había contado lo escribiese y en un papel cuadriculado y a lápiz me entregó estas letras que reproduzco:
“Un ruido me despertó el año pasado poco después de vivir la Madrugá en Sevilla. Era lo que más se temía en Semana Santa: lluvia. Que mala agonía para una tarde que se esperaba con ahínco en Triana. El agua caía a primeras de la tarde y muchos trianeros estaban aguantando la lluvia en la puerta de la parroquia de la O cuando, en medio de todo aquello, sucedió el milagro. Las nubes se fueron, el sol se asomó tímido y las puertas de la O se abrieron y pudieron mostrarme lo que les cuento: todo un mundo contemplado la gran obra de Pedro Roldán, Nuestro Padre Jesús Nazareno. Nuestro Señor caminó con la cruz de carey a cuestas sobre las flores que se vieron bajo las nubes.
¿Y qué más se pudo esperar por parte de la Virgen?. María Santísima de la O hablaba a los sones de “Caridad del Guadalquivir” en el Puente de Triana. Todos desean ver la gran belleza de la Virgen de la O cuando realiza la Estación de Penitencia o cuando pronto vayamos a coronar a la Virgen.” Hasta aquí su testimonio. El asunto es que ni mi hijo ni yo somos hermanos de esta cofradía trianera. Vivimos cerca, estamos en los términos de su parroquia, pero nuestra devoción la hemos depositado una misma Virgen pero de diferente advocación. Por eso me ilusionaron, me emocionaron, las palabras, las letras, de Jesús porque hablábamos de algo que nos llega hondo como es esta hermandad de mi barrio y de tantos amigos. Me puse a pensar que con la edad de mi hijo eran los titulares del Cristo cargado de cruz y la Virgen que mira de frente los que presidían el altar en aquellas misas dominicales a las que seguía el paseo por el Parque de Chapina y los protagonistas de aquella entrada en la que escuché por primera vez cómo Pilar del Castillo contaba aquello de cómo pena tan grande podía caber en pañuelo tan chico. Incluso más pequeño todavía, esta hermandad se convirtió en el lugar donde, con apenas diez años, vi la primera mudá de mi vida en un trayecto breve como el que separaba la distancia de donde estaba la parihuela, dentro de la propia iglesia, hasta cerca del presbiterio. Ese momento con mi hijo me trajo a la memoria la pregunta infantil cuando inquieto me interrogaba sobre qué era aquella bola de fuego que se veía a lo lejos incapaz sus jóvenes ojos de comprender que lo que adivinaba era el paso de la Virgen trianera de la O en la distancia que separan los dos puentes, el de Triana y el de San Telmo, con toda la candelería regalando su luz. Cuando comencé a dejar atrás la época de la juventud y conseguí dedicarme a mi profesión recuerdo que entraba a trabajar a las seis de la mañana y que nada más doblar la esquina de mi calle se me presentaba la parroquia donde se guarda a la Virgen que custodia al Nazareno con las luces de sus faroles encendidas como único signo de vida de una calle oscura y aviso del latir que sus muros encierran. Sin dudarlo, cada mañana, ante esa puerta cerrada y mirando el azulejo de la torre pedía favores a quienes allí habitaban. Hoy, muchos años después, la hermandad de la O ha sido motivo de alegría porque me ha servido para darme cuenta que a mi hijo pequeño también le vibra el corazón sevillano por sus cofradías. Y me he tenido que dar cuenta cuando hemos hablado de una hermandad a la cual no pertenecemos pero que es capaz de emocionar a todo el que se acerque a ella con los ojos de un niño, con la mirada de mi hijo. José Manuel, y Jesús, García
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