
A LA HERMANDAD DE LOS GITANOS
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TODOS HERMANOS
Intuitivamente, sin saber con certeza los motivos, me fui acercando al Señor de la Salud, tanto, que ahora soy inseparable a él, por todo lo que me ha enseñado en estos años. Yo creo que a muchos les habrá ocurrido algo similar, entramos a conocer éste mundo grandioso de la Semana Santa gracias a un momento, a una imagen, a un sonido, a un olor, a un sentimiento, a una mirada o gracias a un sueño. Acontecimientos que siempre nacen en el sitio más inesperado. A veces no pensamos en ello, pero son hechos que nos marcan un antes y un después en nuestras vidas. Alguien se ha preguntado alguna vez, ¿qué éramos antes de ser cofrades? O, ¿cuándo empezamos a serlo?. Mi respuesta siempre la he tenido clara:
Era la primera parte de la década de los noventa, veía la primavera como un misterio, pensaba que me faltaba algo por descubrir, sino, ¿por qué de repente la ciudad cambiaba sustancialmente su aspecto?, la oscuridad por la luz, la noche triste por los bellos atardeceres, ¿por qué se perfumaba de azahar?. ¡Qué hermosa está Sevilla!, - me decía a mí mismo - pero, ¿a quién esperaba?, ¿Qué estaba anunciando colocándose su mejor vestido y tardando cuarenta días en peinarse?.
Rápidamente conocí la explicación. Una mañana, de Viernes Santo, vi al Señor de Los Gitanos. Había mucha gente alrededor, unos cantaban, otros lloraban y algunos exclamaban: ¡parece que va andando de verdad!, pero todos le miraban. Portaba una cruz y llevaba una túnica morada, a su lado, flores, música, sinceras oraciones y Fe. Mis ojos también se fijaron mientras sonaban las trompetas y el sol sonreía. No sé por qué, pero aquello me gustó.. Lo que sí sé es que tardé en despegarme de él, me encontraba junto a mi madre, y le insistí en que quería volverlo a ver. Ése, fue mi primer momento, mi primer momento delante de un paso. En unos segundos, pasaron muchas cosas, de la sorpresa, admiración y respeto de verlo llegar, a la confianza, seguridad e ilusión de cuando se marchó entre aplausos. A partir de entonces, supe que era el comienzo de algo grande. Mi particular cruz de guía, la que me abrió las puertas hacia un mundo de ensueño. El inicio de una historia.
Pero pasó el tiempo. Yo no miro el transcurrir de los años como el enemigo de los recuerdos, sino como el testigo acompañante que hace que observemos las cosas de distintas formas. Porque no es lo mismo, ahora si sé por qué te siento como a un padre. Comprendí que le diste al mundo el poder de amar, y que ese mundo te ama a ti. Y en las “madrugás” más recientes resaltan ciertos detalles. Detalles que son vitales para saber cual es tu misión en las calles y plazas flamencas por las que te pasean. Hoy, veo los mismo sentimientos que ayer, sólo que con distintas caras. Veo a una anciana gitana pedirte salud, veo al lado a un “payo” con las lágrimas saltadas cuando suena el “ahí queó” delante de él. Veo a personas que vienen de muy lejos que depositan sus esperanzas en ti y veo a un vecino que te reza por los suyos. Y así, sucesivamente, me voy dando cuenta de muchas cosas, de que eres capaz de que al menos, por unos instantes, todos nos veamos comprendidos. Distintos pueblos unidos ante una misma pasión. Por una vez, todos iguales, sin mirar como somos ni de donde venimos. Todos emocionándonos con la misma Saeta, con la misma marcha. Todos con la misma túnica. Todos hermanos
Jorge Quesada Borja
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