A LA HERMANDAD DE LA ESPERANZA DE TRIANA

UN SENTIMIENTO

Andaba yo aquel año haciendo las veces de cicerone con una pareja de amigos que desde el norte del país, se habían trasladado a Sevilla para vivir in-situ su semana santa. Como podéis imaginar, los días previos, transcurrían entre visitas a los templos y como no, el consabido recorrido por las zonas más típicas de la ciudad.

Habíamos visitado ya casi todo lo visitable en el centro de la ciudad, cuando decidimos trasladarnos hasta Triana, ni que decir tiene que ya mis amigos sabían de mi debilidad por todo aquellos que desde la orilla derecha del Guadalquivir se asome. Fueron varios los lugares que fuimos visitando, así como algunos de sus templos, mientras yo le iba explicando que era esto o que era aquello: Santa Ana, La O, San Jacinto, el Altozano o la calle Betis. La verdad y para que voy a mentir, a pesar de mi esfuerzo por explicarlo todo y por mas pasión que ponía en ello, sabia que algo faltaba, ¿qué podía ser?, mis amigos prestaban toda la atención del mundo, pero en sus caras se dibujaba cierto aire de no acabar de entender a que se debía mi desmedida pasión por las cosas de mi barrio.

Ya metidos en plena Semana santa, estábamos una tarde por el centro a la caza y captura de alguna cofradía, cuando Pablo de dijo, la verdad Santos, Sevilla es una de las ciudades mas bonitas que he conocido, no te quepa la menor duda, pero eso si, lo de Triana, la verdad, esperaba algo mas, como siempre andas llenándote la boca con tu barrio, pues no se, creía que seria otra cosa, no es que no me haya gustado pero creí que tendría muchos más monumento y esas cosas que tu sabes que nos gustan a los de fuera. Francamente no supe que contestar, solo atiné a decirle, que en fin que era muy difícil de explicar el porqué, pero que a mi me gustaba.

Y fue así como nos plantamos en la noche más hermosa que ser humano pueda imaginar, "La Madrugá de Sevilla", no una cualquiera, sino esa noche única y mágica, que se llena de: silencios allá por San Lorenzo, Alfonso XII y La Magdalena, Bulerías por San Román, y emoción, lagrimas y Esperanza, mucha Esperanza por Macarena y Triana. Ya eran muchas las cofradías que desde el Domingo habíamos visto, muchos los momentos inolvidables y únicos a los que habíamos asistido, pero aquella noche paso algo que difícilmente podré borrar ni tampoco quiero, de mi memoria.

Es Pablo, hombre no muy dado a dejarse llevar por las emociones, Marta, su esposa, en cambio, si se deja llevar mas fácilmente por todo aquello susceptible de emocionar. Primero fue en Odónell, una lluvia de pétalos caía sobre la dorada malla de Palio de la Esperanza, la de Triana, la de aquel barrio que yo no había sido capaz de explicar a mis amigos, Marta lloraba y daba pequeñas palmaditas de entusiasmo ante la hermosa mirada de la Madre de Dios, la Madre morena que Dios tiene en Pureza, Reina de Cielo y Tierra y marinera para consuelo de los que en la mar se encuentran. Pero fue la mirada de Pablo, aquella mirada clavada en su rostro moreno, la que me llamó la atención, se le veía extasiado como hipnotizado ante el palio de la Señora de la calle Pureza, ¿te gusta?, le pregunté, no tengo palabras me respondió.

Luego seria en El Arenal, cuando sumergidos y la inmensa marea humana frente a la pequeña capilla de la hermandad baratillera, pudimos encontrarnos otra vez frente a frente con la Señora y si morena estaba de noche más aun lo estaba de día, el palio se acercaba poco a poco, de frente, al lugar donde nos encontrábamos, yo estaba apoyado en Pablo, y pude sentir, cuando ella llegó hasta nosotros, como se estremecían sus hombros, algo en su interior le había dejado petrificado, y una lagrima afloró en sus mejillas, casi vergonzosamente y con mucha rapidez, la limpió, pero a mi no se me había escapado el detalle, sonreí para mis adentros y me dije, pues cuando llegamos al barrio échate mano del pañuelo, compadre.

Y así llegamos a ese momento de inflexión en mi vida, había pasado ya la cofradía por la capilla de mi hermandad en la calle San Jacinto y nos encontrábamos a las puertas de la Iglesia de la Señá Santa Ana, Ella, la reina de los trianeros, ya reviraba desde Pelay Corrrea hacia las puertas de la imponente Parroquia, allí pegados a su verja, nos encontrábamos, embutidos en puro barrio, pura Triana, al calor de su gente, con la emoción contenida de saber que se acercaba ella, la que es nuestra Esperanza, la de los trianeros y los marineros, estaba allí, con nosotros en sus calles y plazuelas. Fue entonces cuando y tras parar el palio pegadito a donde nos encontrábamos, pudimos oir la voz, si es que es voz, de ese hombre que día tras día vela por la Señá de Santa Ana, ¿cómo aquel, al que Dios no ha querido dotar del precioso don de la voz, ese día es capaz de llamar a tu palio?.........¿alguien encuentra la explicación?.

Se marchaba ya la Señora, calle larga hacia arriba, cuando observé aquello de lo que os quería hablar, Pablo lloraba, su cara lo decía todo, sus ojos fuentes que no paraban de manar y abrazado a mi, apretado contra mi persona como jamás lo había hecho, me dijo, ¿por qué no me lo habías dicho antes?, no supiste explicarme lo que Triana era, pero claro, ¡como explicar un sentimiento!, Triana es esto, y solo aquí delante de su palio y ante su divina mirada se explica,  porque es tan grande Triana.

Santos Suarez Goyguro

Hermano de la Estrella