A LA HERMANDAD DE LA MACARENA

 

 La Macarena llamó a mi corazón

Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora del Santo Rosario, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena

  

Esta Hermandad fue fundada en 1595, y unida a la del Santo Rosario desde 1791, es una de las Hermandades señeras de la Semana Santa hispalense y sin duda atesora una merecida fama internacional, hasta el punto de que, en cualquier parte del mundo, cuando alguien ve una foto o una estampa de una Virgen sevillana, pregunta o afirma:, ¡¡¡la Macarena !!!.

 

Debo confesar, con profundo arrepentimiento, que en mis años como habitante de la ciudad de Sevilla (1938-1969), no era ésta de la Macarena la Hermandad que atraía mis devociones, seguro que influido por mi condición de trianero, y, por ello, prefería seguir de cerca y contemplar a las “Esperanzas” de mi barrio, y especialmente, a la Titular de la que era y sigue siendo mi Hermandad, la de la O. En mi vehemencia juvenil la imagen de la Virgen de la O no tenía comparación posible con ninguna otra talla de Dolorosa.

 

Pero todo cambió a partir del año 1969, cuando ya, viviendo lejos de Sevilla, y al llegar la primera Semana Santa lejos de mi tierra, tomé plena conciencia de mi error y de la previa ceguera sufrida al no considerar adecuadamente la riqueza, belleza y esplendor que atesoran, cada una a su manera, todas las hermandades sevillanas y, concretamente, la Hermandad y la Virgen de la Macarena. Algo debió influir también en este cambio el hecho de casarme con una mujer, hermana y devota de la Macarena por tradición familiar.

 

A todo ello se unió sin duda la acción de la Santísima Virgen, que tocó mi corazón en aquella primera “madrugá” en las antípodas, porque mientras escuchaba por radio la salida de la Macarena, notaba cómo me iba creciendo por dentro una profunda devoción y amor que hoy continúa plenamente vigente.

 

En efecto, aquella noche del Jueves al Viernes Santo, primera que pasábamos lejos de Sevilla, la añoranza estaba en su punto más alto. Nos enchufamos a la radio: un transistor para mi esposa, otro en mis oídos; cada uno a lo suyo y sin molestar ni a vecinos ni a los niños, que duermen tranquilos sin conciencia de que a sus padres les espera una eterna madrugada, una noche de reencuentros, de gloria y de pena al mismo tiempo, de bocas resecas por la angustia, de lágrimas seguras, en nada fingidas.

Por un lado, la viveza de la radio y la habilidad descriptiva de los propios locutores; por otro, tus recuerdos y tus vivos deseos de estar allí; el caso es que consigues vivir lo que te cuentan como si de hecho te hubieran transportado, sin saberlo, por un túnel del tiempo y del espacio. Y te plantas en el Duque o la Campana, y, de pronto, sin espera, te encuentras en San Gil, en un lugar de privilegio tantas veces deseado...

Primer nudo en la garganta, primeras lágrimas de la noche: ya está la Cruz de Guía pasando por el Arco. Escuchas el murmullo y te imaginas, después que la describen, la ingente multitud que ansiosa espera, y no sólo alrededor de un templo que es Basílica; mucho más, en Resolana y calle Feria.

El paso del Señor de la Sentencia (más hermoso y humilde, a mi entender, sin túnica bordada) está en la calle, y se nota: el micrófono transmite los sonidos de las marchas que toca la Centuria, y te cuentan como andan y se visten estos raros romanos de Sevilla. Y no falta la saeta, ese grito de amor que el pueblo canta y que a ti te llega al alma, ni tampoco los vítores de “¡guapa!”, “¡guapa!” y “¡guapa!” que anuncian el momento en que aparezca el paso de la Virgen Macarena.

Te dice el locutor, que está en la puerta, que ya no queda nada para verla y pides, por favor, que las palabras, aunque inútiles y pobres ante tal muestra de belleza, te lleven en volandas, y ya aprecias, desde cerca, hasta el más mínimo detalle, palmo a palmo, centímetro a centímetro, ¡cómo está la Virgen de radiante! Los varales acarician, sin tocarlo, ese dintel de la puerta que me abre en los ojos una fuente de lágrimas de pena; las saetas aumentan el pellizco en un cuerpo que me tiembla. Y, cerrados los ojos, la contemplo y repito su nombre, Macarena, Macarena, antes de ver cómo su paso se adentra ya en el Arco y, lentamente, se dirige al camino de gloria que le espera, acompañada por sus hijos y de la multitud que la aclama.

Aquel momento fue el chispazo inicial que encendió la llama de un corazón que hoy la quiere más que nunca. De hecho, en cada visita a Sevilla por Semana Santa, de lo primero es visitarla en su Basílica, darle gracias por un año más y convertir mis rezos en un diálogo muy íntimo con Ella, porque ya no es una extraña, es una más de la familia, presente en los corazones y en el hogar (cuadro grande en la sala de estar, admiración de la visita)...  tan presente como su Hijo, el Señor de la Sentencia.

Y mientras, a la espera de mi encuentro anual de madrugada, ya no por radio, en vivo y en directo, primero El Salvador, más tarde Encarnación... y pronta recogida a descansar, no sólo por edad, también por compromiso con mi túnica morada de santa tarde de viernes en que, de nuevo, renace la Esperanza y cumplo el viejo rito nazareno en mi barrio de Triana.

 

Un cofrade sevillano desde la diáspora.

José Perez Amaya