
A LA HERMANDAD DEL SILENCIO
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LA UNA Y CINCO....
Son la una y cinco minutos de una nueva madrugada de Viernes Santo cuando comienzan a abrirse las puertas de San Antonio Abad. La cruz de guía se abre paso por la calle el Silencio entre la multitud que cada año se acumula para ver salir a la cofradía.
Para muchos hermanos primitivos, esta noche será especial, pues se cumplirá el tan ansiado sueño tras un eterno año de espera, y será la primera vez que vistan el ruán para acompañar a sus titulares.
Los que me conocen, saben que ésta no es para mí una noche más, porque aunque no sea hermana primitiva, lo soy de corazón desde hace tres años en que conocí a una magnífica persona que me enseñó a querer a estos titulares más aún de lo que ya podía amarlos, por lo que es frecuente verme en San Antonio Abad ante la Virgen de la Concepción.
Aún recuerdo la primera vez que la vi. Era una fría madrugada, donde el único olor a azahar venía del palio de la Virgen de la Concepción. Estaba con mis abuelos frente a la puerta de San Antonio Abad. Yo era una niña de siete años que estaba impaciente por que saliese ya, que quería ver pasos y nazarenos. Al fin las puertas de la Iglesia se abrieron. Yo no podía ver nada debido a mi escasa altura, cuando de repente una saeta se escuchó. Yo pregunté a mi abuelo: ¿Por qué cantan si no hay ningún paso?. Mi abuelo, como pudo, me lo explicó de la manera más fácil debido a mi corta edad. Como a cualquier niño de mi edad, quedé bastante impresionada al ver a esos nazarenos negros de altos capirotes que no se movían, que no hacían un solo gesto aunque la cofradía se detuviese, y que, como niña que era, no podía pedirles caramelos como a los otros, porque, aunque mi abuelo me dijo “No pidas, que éstos no dan”, ni me hubiese atrevido a pedirles. Así, mientras pasaban nazarenos, yo me entretenía con mis primos contando los nazarenos de cada tramo, viendo las insignias, y sobre todo, quedándonos perplejos cuando vimos a un nazareno con una espada, algo que nuestro abuelo supo explicarnos muy bien.
Y salió Él, cogiendo con sus brazos su cruz de carey, cargando con todos nuestros pecados, el mismo al que más tarde vería allí en la Magdalena ya crucificado, muriendo por todos nosotros, por nuestra salvación. Su dulce mirada, su boca entre abierta como queriendo decirme algo me cautivó hasta tal punto que desde aquella madrugá no me la he perdido una sola vez.
Actualmente, es de las pocas hermandades de las que disfruto durante la madrugá. Me gusta disfrutar de ese sabor añejo que imprime la cofradía, verla en varios sitios. Huyo de la masificación de su salida, de la gran cantidad de público que espera verla en Francos o en el Salvador, para pasar casi a la soledad y tranquilidad de Lasso de la Vega, donde escuchar el racheo de los costaleros sin que nada me moleste, el sonido de los varales, ver su cortejo, su sello y darme cuenta, una vez más, por qué se la llama Madre y Maestra de las Cofradías de Sevilla, algo que muchas otras hermandades pretenden imitar.
Pero el mejor momento para mí es cuando llega Ella en su palio de plata, sola con su pena, porque aunque la acompañe San Juan, nada ni nadie puede aliviar el dolor y el sufrimiento de una madre que sabe que va a perder un hijo. Es entonces cuando le digo “aquí me tienes un año más”. No podía faltar hoy después de tantos viernes visitándote y pasando largos ratos hablando de nuestras cosas, aquellas que me preocupan y que siempre te cuento allí sentada en el segundo banco. Y mientras la miro y le rezo, la acompaño de vuelta a su casa, a reunirse de nuevo con su hijo que allí la espera. Y cuando comienzan a cerrarse las puestas de San Antonio Abad, me despido de ella hasta el próximo domingo, cuando reciba una flor de naranjo bendecido con sus lágrimas, porque para verla, no hace falta esperar un año entero. Maribel García Vilachao |