A LA HERMANDAD DE PASION

 

 PASION DE SEVILLA

En los ojos de mi madre brillaba una ilusión especial. A ellos se asomaban los años más felices de su juventud. Era Jueves Santo y por el barrio resonaban los tambores de una banda. Con sus gorras de plato y tras el paso del Señor Atado a la Columna protagonizaban un collage que completaba la portada de la Feria. 

Daban en el reloj de pared el mismo número de campanadas que años contaba, siete, y mi madre me tomaba de la mano para retornar a esa juventud, a la plaza del Salvador tras bajar por Villegas. Nazarenos de negro ruan alcanzaban decididos la antigua colegial. También nosotros por la puertecita de un patio lleno de naranjos.  Unas escaleras descendían a un lugar desconocido y misterioso por el que mi mente se colaba. “Aquí esta enterrado el padre de doña Mercedes y hasta los Reyes vienen, de vez en cuando, a visitarlo” -me decía ella.

La oscuridad quedaba anulada por el resplandor del templo: el reflejo dorado del  altar, los cirios, la plata, carteles que ordenan los tramos, las canastillas, los listeros... Se organizaba la salida de la hermandad de Pasión. De fondo, las notas solemnes de una órgano que servían de cirineo hasta que el Señor llegara a la misma puerta.

Eran otros tiempos. El templo se encontraba salpicado de personas que habían podido acceder libremente. Varios golpes secos de martillo llamaban a los hombres del costal que entraban presurosos bajo una masa de plata convertida en altar. Los próximos tres golpes serían para que Pasión comenzará a andar. El rechinar de las zapatillas se agudiza con el contacto de la cera del suelo. El sonido se fundía con el murmullo exterior que se vería acallado nada más salir los ciriales. De nuevo mis ojos de niño se hacían lo más grandes posible, sorprendidos por la portentosa imagen del Señor que enmarcado en el umbral de la puerta se encontraba con la ciudad. Andando, como si no llevara costaleros. ¿Te has dado cuenta? Un escalofrío respondía por mí.

Tras Él, manantiales de cruces negras inundaban el templo. La siguiente levantá provocaba que además de las bambalinas, volará también el manto de la Virgen de la Merced, con un sonido indescriptible que se advertía potenciado por el eco de las bóvedas. La Virgen de Sebastián Santos pasaba ante otro palio y una Borriquita que había perdido todo el esplendor de hace tan solo cuatro días.

El duro trabajo de unos hombres que subían hacia la Alfalfa, las cornetas y un Cristo que miraba, en el momento de ser Exaltado, hacia el balcón donde me encontraba ponían fin a lo que hasta ahora era silencio y luto de una tarde de Jueves Santo.

 

José Manuel de la Linde