
A LA HERMANDAD DE LOS NEGRITOS
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Ante mi Cristo de los Negritos.
La jornada del Jueves Santo siempre la recuerdo con la calidez de un sol radiante que a primera hora de la tarde te castiga, como un anticipo a un día que no tendrá fin, y te hace buscar un poco la sombra para resguardarte. Mientras llega la hora, entre conversaciones sobre las jornadas anteriores, la que se va a empezar a vivir y lo que queda de Semana Santa, siempre hay tiempo para ver por fuera la joya de Santa Catalina y tomarse un café en cualquier bar de los alrededores mientras se espera...
Pausadamente, un níveo desfilar de nazarenos de escapulario azul se aproxima, abriendo paso al Santísimo Cristo de la Fundación y a la Virgen de los Ángeles; ángeles, que han permitido que en estas jornadas nuestra Bendita Madre esté acompañándonos en sus distintas advocaciones, esté más cerca de sus hijos. Ese ansiado reencuentro en la calle tras un largo año va a producirse. Pese a que en la capilla estén todo el año esperándonos y dispuestos a dialogar con nosotros por medio de la oración, verse en la calle es una situación muy distinta, pues son Ellos los que nos buscan entre la multitud, salen a nuestro encuentro, con una misión, recordarnos lo que somos. El corazón, donde brota el amor, se acelera, pues sabe que su Madre se acerca. Sabe que esa Cruz es la que abre un camino de oración y penitencia que lo aproximará a su Madre. Son las mismas sensaciones del reencuentro con un madre cuando uno ha estado mucho tiempo fuera. Imaginariamente se ha recordado una y otra vez su cara y cómo vendrá ese día. Bajo su palio, entronizada como Madre del Hijo de Dios, donde el oro y la plata se combinan en su justa proporción y en formas que nos hacen recordar el alto honor del linaje de los hermanos que la acompañaron y portaron: los esclavos. Pues el designio de Dios se escapa a la lógica humana que no lo puede abarcar y esos doce varales, esas doce cañas enhiestas que apuntan al cielo y recogen un universo que cubre a la Hija de Dios Padre, reclaman para sí y para Ella la gloria de pertenecer a una raza, extranjera en esta tierra, explotada, humillada, abandonada por sus hermanos, entre la que encuentra Dios su morada, tal y como se nos recordará con posterioridad en los Oficios del día (Lc 4,16-21). Es con esa Madre de los Pobres, Esposa de Dios Espíritu Santo, donde encontramos cobijo y este Jueves Santo, rodeada de su cohorte de mensajeros celestiales, nos dice esa hermosas palabras, nos susurra ese resumen de lo que debe suponer para nosotros ser cristianos: “haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5)... y mientras nos perdemos en su mirada. Y esas palabras encuentran su pleno significado contemplando lo que supuso la muerte por amor de Jesús de Nazareth ante la portentosa figura del Santísimo Cristo de la Fundación, el Crucificado de los negros, con los que se solidariza, pues Él mismo en la vida se anonadó y tomó forma de esclavo (Filp.2,7).
Los que me conocen bien, saben que soy un enamorado del Cristo de los Negritos. Y como enamorado guardo un profundo respeto por su intimidad, ante la cual sólo me atrevo a acercarme como un extraño, no como un hermano más de esta antiquísima Corporación... por el miedo a perder el halo de santidad, de inviolabilidad que Le rodea. En su presencia, ya sea en la capilla, ya sea con la luz de la tarde del Jueves Santo sobre el caoba de su paso y el calvario de claveles, uno tiende a aislarse del mundo... y a notar como le fallan las fuerzas como costalero que al final de una larga chicotá se encontrara... y al ver su rostro no quedan palabras que decirle al Padre... y te vienen al corazón aquellas que Francisco repetía una y otra vez en las largas noches de oración: "mi Dios y mi todo". Perdóname Hijo de la Virgen de los Ángeles. Perdóname. Por ser un hijo alejado que huye de la responsabilidad que le das. Por mis múltiples infidelidades. Por no ir a abrazar esos brazos crucificados que tiendes a todos tus hijos. Por no abrazar y sostener a los crucificados que como Tú, día a día pueblan nuestro mundo. Pero, pese a todas mis múltiples deficiencias, permíteme conocerte a Tí y al poder de tu Resurrección, y concédeme participar de tus sufrimientos y configurarme a Tí en mi muerte para alcanzar tu Gloria (Filp. 3,10-11).
En Semana Santa hay muchos momentos irrepetibles, marcos incomparables, modas que llevan a las masas a un rincón determinado y despejan otro, pero el tener esos segundos al Santísimo Cristo de la Fundación, de Tú a tú, con la luz de la tarde, cerca de Santa Catalina, sin aglomeración de gente, es volver a sentir una llamada, es oír ese “¿por qué dedicarse a servir a los jornaleros, en vez de consagrarse a servir al Jefe Supremo de todos?” y reflexionar sobre como cristianos que es lo que se nos exige. Mis hermanos en la fe de los Negritos, año tras año, me regalan este momento de oración única e irrepetible, por lo cual siempre les estaré en deuda.
Paz y Bien.
Santiago Bueno Rejón
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