
A LA HERMANDAD DEL BUEN FIN
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BRISA CONVENTUAL
Cuando los últimos ecos de una madrugada de dulces sueños en blanco aún resuenan en los muros de San Lorenzo, y antes de que la plaza se alfombre de súplicas, rezos y emociones que aguardan las pisadas del Señor, un soplo de brisa atravesará el corazón del barrio de lado a lado. De San Antonio a San Lorenzo. Del Marqués de la Mina al Conde de Barajas. Aristocracia de barrio ilustre que se fija a las cales de su caserío. De nobleza que nos trajo a la más romántica de las Soledades en la nostalgia de los cielos que perdimos. De los versos de Bécquer, Montesinos y Laffón, de leyendas de rio, convento y alameda.
Discurre por delante nuestra, con su impronta de sencillez y se nos presenta como una cofradía más de un día cualquiera de la Semana Santa; Cristo crucificado, paso de palio, músicas acompasadas, inciensos, flores, nazarenos, cera…toda la profundidad de la Sevilla tópica. Quizá tengamos una impresión poco singular de esta cofradía que pasa sí la vemos con los ojos de la simpleza, con la mirada de quienes no ven mas allá de lo que cruza, con sensibilidades carentes de esencia.
Es la cofradía del abrazo fraterno de Cristo a San Francisco; del hermano sol que la besa cuando sale del convento y de la hermana luna que sonríe cuando vuelve; de “Vicentillo” y sus casas de vecinos; del Sudario Santo que envolvió el Cuerpo que se hizo Eucaristía; de la Fundición de Marvizón; de la túnica marrón abrazada por cíngulo blanco; de cuatro siglos de vida conventual; de los niños que alzan la voz en Santa María de la Sede para coronar a la Palma de sus corazones siempre infantiles; de los diseños de Vallejo y Gómez Millán; de estampas antiguas en tiendas de comestibles y quincallas; de las rosas que nacen a los pies de Cristo; de la nana de Quiroga que duerme a la Virgen en una anochecida de Miércoles Santo; de cera roja que marca el camino de vuelta; de los cierros y balcones desde los que la saeta se derrama en quejío de una tarde de primavera; de sones inconfundibles de centuria macarena inundando la clausura capuchina de Santa Rosalía; de legos y curtidores; de collación humilde en barrio señorial; de un cardenal vestido de nazareno a cara descubierta; de espadaña blanca y orden tercera; del estímulo a los más necesitados de ayuda; de Santos de Padua y Asís; del tañido de campana y esquila; de Sagrario y Santos Oficios en Jueves Santo; del color blanco de la azucena en el rostro de la Virgen María…
Es la Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo del Buen Fín y la Virgen de la Palma; Hermandad histórica con sabores inconfundibles de épocas pasadas; esa que su Estación de Penitencia dura el año entero, atendiendo un centro de estimulación precoz; esa que su itinerario más corto es la devoción arropada en torno a sus Titulares; esa que sustenta su patrimonio espiritual sobre los pilares del servicio, el amor y la entrega; esa que siempre permanece en la memoria quieta de los tiempos. Hermandad de grandes metas con sencillos medios. Cofradía seráfica. Brisa conventual. Intimidad franciscana que se muestra cada Miércoles Santo a Sevilla.
Juan Pedro Recio Lamata
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