Miércoles Santo en la Alcazaba

 

Sol de Miércoles Santo. El cielo aún es celeste. La cruz de guía de San Bernardo comienza el camino de vuelta hacia su barrio. A ese barrio que el tópico dice que está muerto, que sólo resucita un día al año: cuando su cofradía sale a la calle. Ese barrio que ahogado por zonas de edificaciones altas y tráfico intenso, sobrevive con sus callejuelas tranquilas, casi olvidadas, de nombres sonoros: Cofia, Campamento, Gallinato…. Ese barrio donde en su calle Ancha parece que aún pueden verse niños jugando al toro u organizando una cruz de mayo. Pero cuando los niños de San Bernardo juegan, los sueños infantiles se hacen realidad. Aquellos chiquillos que con un mantel daban verónicas al aire y que hicieron sus primeros “pinitos” en el matadero del barrio, llegaron a verse anunciados en la Maestranza y aquellos chiquillos que jugaban con una imagen de barro acabaron originando esta cofradía que acaba de hacer su estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral. Sol de Miércoles Santo, cuando nazarenos de capa y antifaz negros, sueños de niños de un barrio artillero, dejan la Plaza del Triunfo para volver a su barrio.

 

            Atardecer de Miércoles Santo. El cielo se va oscureciendo. Dios ha muerto y vuelve a su barrio. ¡Qué lejano parece aquel momento en que se veía su silueta sobre el cielo azul radiante y Él salía del barrio cruzando su Puente! ¡Qué belleza ver a Dios entre sus candelabros altos, con sus claveles salpicados de lirios! Ver a Dios como lo vemos cada Miércoles Santo, como siempre. Por fortuna hay imágenes que nunca cambian: Cristo muerto sobre el cielo azul de Sevilla haciendo por una sola vez al año, y sin que sirva de precedente, que la Giralda parezca fea a su lado. Ahora Dios vuelve a su barrio, serenamente muerto en una cruz, pero rebosante de Salud para el alma de todos nosotros. Salud para ese nazareno de último tramo que necesita la ayuda de su cirio para andar. Salud para el nieto de ese nazareno que hoy estrena su antifaz y que da sus primeros pasos apoyado en una varita plateada. Atardecer del Miércoles Santo, cuando Dios vuelve muerto a su barrio, pero va repartiendo Salud.

 

            Noche del Miércoles Santo. En el cielo ya brillan las primeras estrellas. En medio de la oscuridad refulge un paso de palio de plata y oro. La Virgen entra en la Alcazaba y se ilumina con su candelería para poder seguir el camino de las murallas. La Virgen no necesita los faroles de la calle, Ella lo ilumina todo, pero… ¿quién puso ese farol ahí? ¡Justo donde se estrecha la calle! La Virgen no va a poder pasar. El palio se acerca, poquito a poco, muy poquito a poco; el farol ya está ahí, junto a las bambalinas delanteras. Ella, salerosa, hace un quiebro, torero como su barrio, y coqueta deja el farol atrás. Refugio tiene que seguir, tiene que llegar a la Alianza, tiene que llegar a su Puente de los Bomberos, tiene que llegar a su barrio, donde Ella lo es todo… Ese farol de la Alcazaba no puede impedirle el paso, pero eso sí, la ha visto más cerca que nadie. ¡Ay, farol, quién pudiera verla como tú la ves! ¡Quién pudiera decirle piropos al oído como seguro que tú haces! Noche del Miércoles Santo, cuando una Virgen bajo palio coquetea con los faroles de Santa Cruz.

 

            Miércoles Santo en la Alcazaba. Cofradía de barrio que vuelve. Cofradía de Sevilla eterna, estampa de siempre que cada Miércoles Santo nos vuelve a hacer soñar con la Sevilla clásica que nunca se perderá. Porque, tras estar en la anochecida del Miércoles Santo viendo San Bernardo, acompañando al Cristo de la Salud y a la Virgen del Refugio, ¿alguien se atreve a afirmar que San Bernardo ha muerto? Miércoles Santo en la Alcazaba, cuando San Bernardo le vuelve a enseñar a Sevilla lo que es una cofradía de barrio.

 

Rosa de Murga Valdivia