A LA HERMANDAD DE SANTA CRUZ

 

 

LA MIRADA DEL CRISTO DE LAS MISERICORDIAS

 

   El barrio de Santa Cruz, en contra de lo que muchos puedan pensar, es un barrio en el que el tiempo pasa lentamente. Las viejas murallas del Alcázar sucumben a veces a la osada enredadera, como si de ruinas centenarias se tratase, en su “lucha” contra una naturaleza indomada. Se comporta igual que el agua en la pila de cualquiera de sus fuentes: pasa poca cantidad a la pila de abajo, y permanece mucha en la superior. Sus vecinos parecen sacados del más bullicioso de los barrios. Aquí todo el mundo se conoce y se saluda, y se entera de lo más destacado, como no, en la tienda de “Conchi”. Los que lo conocemos bien, sabemos que Santa Cruz es un barrio de incesante actividad durante el día y de nostálgico recuerdo por la noche. Con la claridad de la mañana es un ir y venir de culturas y gentes. Los lugareños y los foráneos de paso se mezclan en una torre de babel convertida en un dédalo de calles estrechas. Es un sitio de luz en el cielo, y oscuridad en los callejones. Es un barrio en el que, al levantar la vista, lo único que te puede tapar el cielo son unas buganvillas, un naranjo generoso de azahar o una de sus viejas farolas. Farolas que en la oscuridad más que alumbrar parecen arrojar sombras cómplices para que se pierdan los enamorados primerizos entre el olor a dama de noche. Santa Cruz es un bastión del recuerdo con murallas de azahar…

 

  Dicen que las Hermandades se parecen a sus barrios, y en el caso de Santa Cruz no puede ser esta afirmación más ajustada a la verdad. Y sin embargo no tiene nada que ver con sus pasos, aunque estén hechos a la medida de sus calles, que más que pasar fluyen por ellas, como el agua por sus fuentes. No es tampoco por el gótico de la canastilla del Señor, arquitectura que busca el cielo, como los que se pierden en las estrecheces de las calles Mezquita o Pimienta, Morería o Justino de Neve. Gótico el paso y góticos los nazarenos, de espigados capirotes que rozan el azahar con sus afiladas puntas y que se confunden con las sombras que arrojan las farolas del barrio… Tampoco con eso tiene que ver, ni con que la cofradía, con su seriedad y el silencio que la acompaña, traiga a la memoria la oscuridad de las melancólicas madrugadas del barrio, las de los reflejos en los naranjos, los sonidos del agua incesante contra la piedra y el olor a dama de noche en la Alcazaba. No, no es por nada de esto. No son ni el azulejo del Cristo en La Alianza, ni ver el palio perderse a través de una celosía de sentimientos y sones de Tejera. No es la oscuridad de Mateos Gago en la madrugada del camino a casa, ni el quejío de Perejil entre vinos de naranja… No, no busquemos lo accesorio, cuando es simplemente Su mirada. La mirada de un Padre que se transforma en vecino, y que viene a visitarte…

 

Sin que broten las palabras,

Cristo de Santa Cruz, te hablo.

No existen ya el agua ni la hiedra

enredada en la muralla.

No hay sitio para el murmullo

de las centenarias lenguas

Ni para el silencio siquiera

del pueblo que te contempla.

Señor de Santa Cruz

Cristo de las Misericordias

cien personas nos observan:

En una oración de miradas

dos vecinos que se encuentran.

Has venido a visitarme

Crucificado en el dolor.

y un año más te espero

para hablarte en el balcón.

 

Yo se que no estás expirando

se que no estás muriendo

se que me estás preguntando

desde que era pequeño.

Vecinos de Santa Cruz

de Santa Cruz al balcón.

El altar está en tu cruz

y la iglesia en mi balcón.

 

La mirada de un vecino

que me viene a visitar.

La mirada de un amigo

que me viene a preguntar.

La mirada es la memoria

del vecino del balcón

la mirada es mi barrio

desde que tengo razón.

 

La oración se hace mirada

sin que broten las palabras,

el mutismo se hace eco

en la guarida del alma.

¡Retumbe la oración callada!

Que estoy rezándole a un amigo

Sin que broten las palabras.

 

 

Pablo Peinado Ferrand

Hermano de La Amargura