Pintemos un cuadro.

 

   Y pongámosle texto.

 

Los Hermanos Bécquer harán de artistas y uno con su verso y otro con su pincel desde el cielo irán dibujando la escena.

 

En el cuadro lo primero será enmarcarlo, hacer un bosquejo del lugar, no será un cuadro costumbrista, ni un paisaje, pero mostrará las costumbres más hermosas del pueblo y los más bellos lugares jamás vistos. No será un bodegón pero será fruto a la vista, no será un retrato pero retratará la más pura realidad, no será una fantasía, pero será un sueño fantástico. Comenzando el boceto, se situará en la plaza más Hermosa que pueda colocarse, joyero para los más bellos presentes que otorga Sevilla en Primavera. Se pintará sobre una alfombra de recuerdos, un templo enorme, de elegante portada y recio cuerpo, un santo presidiendo llamado Lorenzo, y una bella torre como vigía y testigo del tiempo con su reloj marcando las ocho y tanto. Se difuminaran en carboncillo unas golondrinas y vencejos cantando las buenas nuevas, sonido que se irá difuminando en el incienso que surque en el aire en tonos blanquecinos y grisáceos mezclados con el violeta que le habremos dado al cielo, los tonos del atardecer con la luz ya tenue de un sol ya cansado.

 

Y pintemos a un mar de personas, a agolpadas almas expectantes, a soñadores del cuadro que están viviendo.

 

La mirada ensimismada en una imagen, pintemos un trono de oro y un pebetero de incienso que sube de nuevo a hacerle un guiño a los vencejos. Démosle una sombra al dorado que insinúen las curvas del paso, y pintemos a acuarelas unos ángeles pasionarios en sus esquinas. Ya tenemos la primera escena del cuadro. Pintando en ella con una blanca túnica a Jesús. Habrá que detenerse en dos cosas, sus manos y su mirada. Unas manos amarradas, pero tranquilas, dulces dedos delgados y muñecas relajadas, manos redentoras, manos salvadoras de Jesús ante Anás. Y una mirada, que mirada, desafiante al poder terrenal, dulce resignada y cruzada por una mano de sayón que representa a tantos sayones que abofetean aún. Una mirada limpia, firme, confiada, perdonando, una mirada cálida y cercana, cuando nos acercamos a verlo de cerca parecen hablarte sus ojos.

Pongamos el texto al cuadro, a su mirada.

 

“El alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la mirada”.

 

         Un Beso, un beso firme con su mirada, la mirada del Señor, de Jesús, simplemente su nombre. Todo enmarcado en el cuadro, un cuadro de la entrega más hermosa. Para colocarlo en su sitio ayudaron muchos, tarea compartida de sus hermanos. Nazarenos, blancas figuras fantasmagóricas en las calles de San Lorenzo, la cera tiniebla ilumina sus ojos, miradas limpias penitentes como hileras de fuego recorren Sevilla mostrando los ojos firmes del Nazareno. Y Dios ha querido y así se lo contó al pintor, que las miradas se fundan en una sola, la suya. La túnica blanca refleje la paz de su rostro, de espaldas a la calle hay que verlo pasar para mirarle, y las penas de su cara las quemaran sus nazarenos con llama y la cera.

 

         Pero el pintor, cuando terminó tan prodigioso cuadro, no terminó su labor, pincel en mano y los versos del hermano, tuvo que acudir presto a pintar el que sería el bálsamo de la congoja anterior.

        

         Ya el cielo no era violeta, ni cantaban los vencejos, ni el Sol aún brillaba, no había color en el suelo, ni la plaza sonaba, dejaba paso la noche, la Luna se subía en lo más alto y ya no había más que oscuridad y unas llamas que tremolaban en la noche, unas sombras en la calle y unas colas recogidas. La cofradía estaba de regreso, parecía vislumbrarse a San Lorenzo en lo alto esperando la llegada de la Madre, nombre tan hermoso para pronunciarse. Cantaba el poeta.

 

De la sonrisa última

el resplandor divino

guardaba el rostro, como el cielo guarda

del sol que muere el rayo fugitivo.

 

Caía en la noche el más profundo silencio a su paso, solo se oía el retumbar de su banda, la canción de su paso, bellotas doradas que tocaban el instrumento de sus varales, de su palio. Bordados en oro y galones, mallas y terciopelo para guardar tan bellas manos, tan bello manto, tan bello rostro, tan bello nombre. No va sola llorando al menos, le acompaña el discípulo amado que quiso Dios casualmente que se pareciera al poeta y pudiera hablarle en el cuadro.

 

“La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo”.

 

 

Dijo a maría con versos en su paso.

 

         El pueblo se hace pañuelo y los labios dan sonido al marco, el cuadro ya si está completo. María la madre que tanto dolor aguanta, hace suya también la mirada, firme y serena, belleza morena. La plaza va viendo pasar los días, va viendo pasar los años, pero siempre se repite en la madrugada del Martes Santo el mismo cuadro, siempre bajan del cielo a pintarlo y narrarlo. Siempre se hace el poeta San Juan en su paso y siempre Su Dulce Nombre viene a acallar nuestro Llanto.

 

 Carlos Cabrera Díaz