Por una cuestión de amor

 

He de reconocer que tengo un secreto, que poca gente lo sabe, y que me quema por dentro seguir guardándolo sin gritarlo al viento.

 

Hace un año y poco más que, por una cuestión de amor, entré en su casa. A penas sabía nada de Ellos, solo lo que la “bulla” puede llegar a entender. Yo sabía que la solera en Sevilla emanaba de muchos lugares y que uno de ellos era ese rincón al que llegué. Aquel es un rincón donde aún parece que, cuando lo miras, seguidamente vas a oir el crujir de las ruedas de un carro, o los cotilleos que el viento deja sonar al rozar con las esquinas de sus estrechas calles. Mirando ese rincón pocas cosas pueden hacer imaginar que vives en una ciudad donde el ruido de motores preside el imperio de las prisas.

 

Era una estación de calma aquella parroquia en una mañana de domingo en la que, una niña de sonrisa interminable, me invitó a pasar y conocer el corazón de aquella hermandad. Yo sabía que era una hermandad de renombre pero poco más. Aquella mañana todos los que allí estaban me abrieron las puertas de los recovecos, me permitieron conocer por dentro sus cosas, su estilo, su forma de ver la fe y el festival de amor que se puede esconder dentro de una iglesia en un barrio silencioso. Empecé como todos empiezan, limpiando plata. Desde aquella mañana tuve que colocar de otra forma los muebles de mi alma porque allí iban a entrar muchas personas y había que hacerles sitio.

 

De una simple mañana de domingo pasé a largas tardes de cuaresma, a eso de pasar por la calle San José y hacer una parada obligatoria. Grandes tardes he pasado allí, aprendiendo priostía, respirando nervios, ayudando en lo que podía y como no, enamorándome de Ellos.

 

Recuerdo una de esas tardes en la que mi corazón se puso bocabajo cuando los priostes me dijeron: “venga Enrique, ayúdanos a subir el Cristo…” yo no me lo podía creer, ¿cómo me podían dar esa confianza? -¡pero si yo no soy hermano!, ¿y si le pasa algo?. Todos me animaron y participé de ello. Lo cogí de la peana y lo levantamos entre varios para llevarlo al altar, mientras rezaban el Padre Nuestro y mi pulso caminaba al ritmo de la locura. Había rozado con mis manos la devoción de un barrio y a la vez me sentí querido por los que allí se congregaban. Siempre les agradeceré que me dieran el honor de formar parte de ellos como si allí llevara toda mi vida.

 

Él es breve en el espacio pero grandioso en mi memoria, sereno en la mirada pero poderoso en mi conciencia, suave agarrando su cruz pero firme levantando la fe de su barrio. El Señor de la Salud tiene algo inexplicable, algo que solo sentí desde el momento en que lo llevé. Sus ojos atienden plegarias y sus manos recogen lamentos para convertirlos en esperanza. No sé qué es lo que tiene pero debo reconocer que es capaz de ayudarme en mis cosas y me hace ver la vida de otra manera. A Él no le pesa la cruz, ni le daña su corona de espinas porque Él tiene un poder inquebrantable capaz de lo más difícil y yo, de verdad, puedo asegurar que eso es cierto y que por siempre lo llevaré dentro de mí.

 

Una gran suerte y un gran orgullo tienen los “Candelarios” de tenerle allí con ellos. Estos hombres y mujeres que hacen de San Nicolás su segunda casa, son personas difíciles de encontrar hoy día en el mundo de nuestra Semana Santa. Su devoción es incomparable, y tienen la capacidad de inculcar a cualquiera que se una a ellos ese sentimiento candelario, ese orgullo que les hace ser grandes y hacer grande a su hermandad. Ellos son los culpables de que yo, sin ser hermano me sienta como tal allá donde voy, de que entre en su iglesia y me sienta querido y arraigado a sus señas y defensor de todo ese sentir que se mueve alrededor del Señor y su Madre Candelaria. La verdad, soy más rico desde que ellos me enseñaron a degustar el sabor de lo añejo y a saber que cada rincón tiene alguien que te acoge cuando menos lo puedes esperar.

 

Ellos mismos fueron los que, ya no hace tanto tiempo, volvieron a jugármela, y es que cualquier día me van a tener que llevar a urgencias. Una vez más una fuerza similar a la de una levantá bien hecha me sobrecogió en el pecho cuando me invitaron a sostener a la Candelaria por la cintura. – ¡No puede ser!, dije yo. Y es que se dice pronto, pero tenerla tan cerca, saber que tus manos la están protegiendo, notar su majestuosidad y su dulzura a la vez y no poder ser capaz de secarle sus lágrimas, Dios mío, no poder ayudarla… no sé, pero creo que por un momento Ella me miró y su mirada la tengo grabada en lo más profundo de mi memoria, y pido a Dios cada día por que jamás me olvide de ese instante, el momento en que un niño trianero cruzó de “aguas p´alla” y cogió a la dulce flor de San Nicolás para acercarla a su altar, orgulloso estaré siempre de haber tenido en mis manos a una Virgen sevillana, pero más aún porque fue Ella, mi Madre de la Candelaria.

 

Este es mi secreto, ya lo sabéis, pero no lo digáis muy alto, dejad que el viento de San Nicolás lo cuente por los rincones de sus calles, dejad que el rumor siga su ritmo de enamorado, yo pediré por recordarlo hasta que Ella me lleve, y una cosa tendré por seguro, no me haré hermano, pero les llevaré en mi alma como si de un tesoro se tratase, lo esconderé con recelo y viviré con Ellos como si fuera un amor secreto para que el año sea un tiempo de esperanza y la primavera un reencuentro sin templanza.

 

Todo este escrito va por Ellos, va por su gente, sus “Candelarios” y por aquella niña de sonrisa eterna que en un domingo soleado me echó el candado para tenerme siempre a su vera.

 

 

Enrique Oviedo Selva (Candelario en mi corazón)

Hermano de San Gonzalo