Lirios por San Vicente.

 

Aún vive en la retina la Procesión de Palmas, las ramitas de olivo y el primer caramelo. Me huele la ropa a Hiniesta por los callejones de su barrio, a puerta ojival, a ‘Estrella Sublime’ y lágrimas por las mejillas junto a mi hermana, a la primera torrija al llegar a casa; torrijas que, poco a poco, como la semana que tanto añoramos, irán desapareciendo… Final del Domingo de Ramos. Y como buen cofrade, un día enlaza con otro; ya es lunes, lunes Santo. Comienza una nueva jornada en la que lanzarse a la calle a aprender y disfrutar con nuestra semana de pasión. ¿Y qué sería para mi de éste día sin la Hermandad de Las Penas? Sin dudarlo, marcho a su encuentro.

 

¡Silencio!, se acerca. Dos hileras de sombras puntiagudas de ruán comienzan a entreverse a lo lejos. Una cruz y enhiestos cipreses negros que nos advierten con su presencia testimonial que Cristo, aún sufriendo, esta dispuesto a darnos su perdón tan solo con volver a nosotros su compasiva mirada. Ida, vuelta, ¿en qué tramo de recorrido estoy?; qué más da, si la elegancia acompaña al caminar de la hermandad. Cirios ardiendo, el silencio sepulcral -sólo roto con el crujir del esparto al colocar los cirios al cuadril y el chasquear de los celadores de tramo- envuelve el ambiente.  Ésa y no otra es la idiosincrasia de la cofradía: solemnidad. La espera se hace eterna, pero tiene su recompensa y los tramos parsimoniosamente continúan su camino hasta que poco a poco van acercándonos más a Él. Tras el tenue trío musical, una enorme nube de incienso, se vislumbra su silueta: caído, dolorido, cargando con el yugo de la cruz, indefenso, desfallecido, triste, abatido, desalentado… pero, cómo puede ser, sí yo lo veo paciente, sumiso, anhelando que todo concluya para estar por todos los tiempos en la Gloria, logrando el triunfo sobre la muerte, ¿porqué no te ven todos así Señor, acaso yo te veo mal? Si tus Penas, padre mío, son por nosotros: por el sufrimiento y el daño que insensatos como yo te causaron no reconociendo la Verdad en tus palabras. Cegado por amor sigues tu camino hasta el Gólgota. Ya no hay vuelta atrás. Qué lástima del que piensa que por tu postura nos das la espalda Señor,  porque ése no sabrá que a tu paso florece la vida.

 

Todo esto lo veo desde el prisma de ser tu hijo pero, ¿cómo vivió esta pesadumbre nuestra Madre, hasta qué punto la frustración y el dolor afligió su corazón? Y es que una madre no merece presenciar el martirio de su hijo. Pero no por eso ésta imagen que ahora llega entre oropeles y riquezas en su paso de palio eleva su mirada a lo alto, no. Ella busca el consuelo que solamente aquel, que envió a su mensajero para fecundar su vientre, puede darle. ¿Qué le digo yo a tu cara que no le haya dicho nadie? sí dolor contenido más bonito no cabe; sí envidio cada vuelta de encaje; sí tu boca, que musita oraciones y plegarías, me enamoró desde aquella fría noche en que nos vimos por vez primera. Eres tan preciada para mí que, ni una sola lágrima tuya merece derramarse entre aromas de claveles y azahar en la penumbra de la noche. Mañanas, tardes,… momentos, instantes,… en el tiempo que he tenido en la capillita para poder contemplarte no me despego de tu reja envuelto en suspiros como el que Tú lanzas al aire. La han parado frente a mí, ¿se puede tener más suerte?

 

 

Ahora que te tengo tan cerca, perdóname la osadía de hacerte una petición pero, veo el fin de mis días si entre rezo y oración te oculto esto, Madre mía: el día que yo me vaya a otro mundo mejor, déjame volver a tu palio en la madrugada del martes Santo cuando en la soledad de tu casa descanses con la cera gastada pues, quiero ser el manipulo que enjugando tu llanto te dirá al oído: ‘Tu pena, María, no va a durar mucho más. En unos días verás, como las espinas de tu Hijo, florecerán.’. El llamador ya ha sonado, todo esta preparado para seguir, la banda comienza a tocar. Sí tengo que dejarte que sea ahora, que no estoy en mí pues, sé que de otra manera me resistiría a hacerlo.

 

Poco a poco se va alejando el palio dejando en el aire el aroma que rodea ésta procesión: los lirios que acompañan al Señor cada día en su azulejo. Y pasó. Ya sólo queda el recuerdo de ése mágico encuentro, que pido a Dios salud para seguir repitiendo.

 

 

José Manuel Olmo Vázquez.

Hermano del Carmen de San Leandro