
Sagrada Cena
Todo un año, con sus días y sus noches llevo esperando. La ilusión de una nueva Semana Grande me invade, estoy nervioso, ansioso de ver al primer nazareno, de escuchar la primera “levantá”, de oler los primeros aromas de incienso,... de vivir otra Semana Santa. Unos tras otro iban pasando los días que faltaban para tan importante fecha, pero ya no queda ninguno, ¡Ya es Domingo de Ramos!
Me dirigía, como cada año, hacia la plaza de los Terceros, y en el camino me salió la primera lágrima, el primer nudo en la garganta,... al ver al primer nazareno, era de la Hermandad de San Roque. Un poco más adelante, por Doña María Coronel, estaban algunos componentes de la Banda de las Cigarreras, el nerviosismo me invadía. Ya en la calle Sol, pude ver la multitud de personas que aguardaban la salida.
Poco antes de las cuatro, se abrieron las puertas de la Iglesia de los Terceros y salió la Cruz de Guía, tras ella dos hileras de túnicas blancas. Cuantos recuerdos de pequeño, con mi padre de la mano, en aquel mismo lugar.
Desde dentro del Templo, se escuchaban las
órdenes del capataz, el primer paso avanzaba lentamente. A la voz de “poco
a poco” comenzaron los costaleros la maniobra de salida, que debido a las
dimensiones del paso es complicada. Con movimientos suaves, y lentamente
iba saliendo el paso.
Multitud de sensaciones y sentimientos me asaltaron al ver al Santísimo Cristo de la Sagrada Cena. Excepto el paso que seguía avanzando en su salida, todo en mi alrededor se paralizó al admirar su eminente belleza. Ahí estaba, mirando al cielo, dialogando con el Padre, en el momento de la institución del Sacramento de la Eucaristía. “...Tomad y bebed todos de El...” Rompieron esos momentos de fascinación, los primeros acordes de la Marcha Real. El incienso comenzó a inundar el ambiente, en ese instante de emoción, de nuevo unas lágrimas me inundaron los ojos.
El misterio finalizaba el giro y avanzaba
al compás de la marcha. Poco a poco fue avanzado hasta perderlo de vista.
Otras dos hileras comenzaron su marcha, en ese momento pensé en el
nazareno, en la soledad de la estación de penitencia, orando a Dios, y
acompañando a Su Hijo en su calvario.
El Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia iba saliendo lentamente. Sólo, en el Monte Calvario, reflexionando, rezando, abatido y resignado. Momentos antes de que se cumpliera lo que anunció a sus discípulos poco antes “... este es Mi cuerpo que será entregado por vosotros...” Con los signos del calvario marcados en su cuerpo, aguarda paciente la hora de la crucifixión. Pero no estás sólo, por que sobre sus cuerpos te llevan 36 costaleros, 36 hombres que te acompañan en tu dolor, y una ciudad, Sevilla, que cada año por estas fechas rinde tan sentido homenaje a Él, que dio su vida por nosotros.
El palio apenas se movía, avanzaba muy despacio, consiguiendo así sobrepasar la puerta de entrada del Templo. La Banda del Maestro Tejera comenzó a tocar, ¡Ya estaba la Virgen fuera! Nuestra Señora del Subterráneo lucia bellísima. Madre de Dios, que sales a las Calles y al Cielo, donde tu eres la Reina, desfilando con elegancia, y transmitiendo tu dolor a todos los presente; a los nazarenos, a los costaleros, a los cofrades, a los al público en general, y también a los que ya no están, y que seguro que, desde algún lugar del cielo te admiran y se estremecen aun al contemplarte.
Ya se va la hermandad, camino de la Santa Iglesia Catedral, pero no entristezcas, este es sólo el principio de la Semana Santa. Disfrútala Ramón Salado Lucena. Hermano de Los Panaderos |