EL NAZARENO
E l   A t r i l

Cronica de una sentencia anunciada

No se si a Don Alfredo, presunto alcalde de Sevilla, le habra gustado tanto como a mi la noticia que difunden hoy los medios, según la cual el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha dictado sentencia por la que insta al Ayuntamiento de Sevilla, al nuestro, a adoptar medidas concretas contra el botellón, movida, movidón, o como gusten llamarlo, que se sufre y padece por muchos vecinos, ya próximos al Santo Job por aquello de la paciencia. Al parecer una Asociación de Vecinos, amparados en la Ley de Jurisdicción Contenciosa de 1998, que incluia entre los recursos contra la Administración uno por inactividad de la misma, hicieron uso del susodicho recurso, y he aquí que los Tribunales ha estimado que en Sevilla, como todos sabemos, la movida pasa ya de castaño oscuro y que el Ayuntamiento podía hacer algo, que ya vale de permitir que los cafres campen por sus respetos.

Ignoro si Don Alfredo, siguiendo la teoría "madrugadiense" optará por atribuir a los jueces un ataque de histeria colectiva y zanjará el asunto sin más. Pero lo suyo sería que atendiera ese requerimiento, que sintiera la misma vergüenza que nos asalta una mañana de domingo cuando vemos los restos de la batalla alcohólica, la indignación que vi un día en los hermanos de Las Aguas, una mañana de Diciembre, antes de que las rejas rodearan la Capilla del Dos de Mayo, cuando la apertura del besamanos de la Virgen de Guadalupe se hacía en una plaza cochambrosa, sembrada de botellas, plásticos, y que se yo. Que sintiera la frustración de los que, en otro tiempo privilegiados vecinos de zonas céntricas, soportan estoicos el vandalismo sin freno de niñatos a los que se le llena la boca con peticiones de tolerancia, inmediatamente antes de miccionar en portales ajenos o de pegar fuego a un amenazador portero automatico. Y que actuara en consecuencia, no con las formas autoritarias que quedaron atrás, pero si con la firmeza que requiere el mando que ostenta y con el respeto que merecen los vecinos de esta ciudad que no van por ahí amargándole la vida a nadie.

¿Qué la gente joven tiene que salir? Pues claro, pero ¿desde cuando divertirse es sinónimo de atormentar a los demás, de no respetar ni tradiciones con casi siete siglos, ni fiestas de encontrarse y compartir, de destrozar lo que es de todos?

Que venda en los ojos hay que tener para no darse cuenta de que los barros siempre traen lodos, que luego no salen con casi nada. Sucesos como el de la Madrugada tienen que ver con la circunstancia de que cuando los cafres tienen durante todo el año la calle como suya, no van a renunciar a ella por unos días, y mucho menos por una noche, porque no les importa nada ni nadie, excepto ellos.

Por eso celebro esta Sentencia. Dudo de su eficacia por cuanto dudo de la voluntad de quien tiene una acampada en las puertas del Consistorio y ni se inmuta. Pero a ver si se le va poniendo el cascabel al gato, y por ejemplo, la Madrugada deja de ser, por algunas calles, un fascimil de Bilbao tomado por los cuerpos de seguridad. Esto es cosa de todos.

Ricardo J. Calvo León. 16/01/2002