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MACULISTAS E INMACULISTAS por Jacinto Morente Martínez.
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MACULISTAS E INMACULISTAS
La cuestión concepcionista. Un debate teológico en la religiosidad popular andaluza del Siglo de Oro.
Autor: Jacinto Morente Martínez.
El DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN.
La Inmaculada Concepción es un Dogma de la Iglesia Católica Romana que mantiene que la Virgen María desde el primer instante de su creación, de su concepción, su alma estuvo libre del pecado original que tienen todos los nacidos, en virtud del pecado cometido por la primera Eva. Este dogma no debe confundirse con el de la Virginidad de María, que mantiene que Jesucristo nació de una madre Virgen, y que esta permaneció Virgen antes, durante y después del parto. Como la base de este dogma no tiene fundamentos evangélicos algunos y su origen está en la divinización progresiva que a lo largo de los siglos obtuvo la figura de la Madre de Jesús, la creencia en él tampoco fue constante. Es más no fue dogma de fe de obligada creencia en la doctrina católica hasta que el papa Pío IX, concretamente en 1854, hace solamente 150 años, mediante la bula Ineffabilis Deus[1], lo declaró como tal. Hasta ese momento la creencia en la Inmaculada Concepción de la Virgen suscitó enormes polémicas teológicas entre distintos pensadores, entre papas, y entre órdenes religiosas de diferente cuño. Pero la polémica no quedó en cuestiones para eruditos. En absoluto. La polémica traspasó a todos los creyentes, y en su defensa participó activamente la religiosidad popular. Andalucía, en la que tan importante ha sido el papel de esa religiosidad popular, será escenario en el contundente Siglo de Oro de esta polémica concepcionista. Como la creencia en la Inmaculada Concepción no era un dogma, es decir, no era de obligado cumplimiento para los creyentes creer o no creer en él, muchos religiosos alentaban a los fieles a tomar postura a favor de una u otra: los maculistas, que no creían en tal cosa; y los inmaculistas, que defendieron su creencia hasta la saciedad. En Andalucía, al menos la cuestión se decantará finalmente, anticipándose más de doscientos años a la propia Iglesia, a favor de la defensa en su creencia. Digamos, que ganaron los inmaculistas. De cómo debió ser aquel debate tenemos varios ejemplos. En este trabajo analizo dos, que por significativos y conocidos, exponen tal sentimiento. Los ocurridos en Sevilla a partir del año 1613 y los que en Granada sucedieron en el año 1640. Son un ejemplo de cómo se desarrollaba en el Siglo de Oro la vida cotidiana de los andaluces, en relación a temas relacionados con la religión, la fiesta, la fe, las creencias, y en suma, la religiosidad popular. Este capítulo se inserta en una historia de las mentalidades propia del Barroco en Andalucía y que tanto ha contribuido en la forja de la identidad colectiva posterior de nuestra tierra.
HISTORIA DE UNA POLÉMICA.
Para muchos la creencia en la Inmaculada Concepción de María era una leyenda sin fundamento alguno y sin razón de ser. En el siglo XII se estableció su fiesta el 8 de diciembre, fecha no casual, pues resulta ser 9 meses antes de la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora (8 de septiembre). San Bernardo de Claraval protestó contra ello[2]. La Iglesia titubeó en el tema pero en la tercera década del siglo XIII estableció la misa en este día. En este debate va a intervenir Santo Tomás de Aquino defensor de la doctrina santificacio in utero, que absolvía pero no libraba a María del pecado original. Esta teoría va a ser defendida en adelante por los dominicos[3], y como veremos cuatro siglos después en los sucesos de Sevilla, será esta orden la protagonista. Duns Scoto, en el campo contrario, asume la defensa de la Inmaculada Concepción, que la Virgen había sido preservada del pecado desde el mismo instante de su concepción[4]. Serán los franciscanos los que defenderán esta postura durante mucho tiempo. Por cierto que en el trasfondo de la cuestión, el tema de la Inmaculada Concepción no es más que otra de las polémicas que enfrentó durante siglos a ambas órdenes, a la de predicadores y a la de San Francisco. Más tarde ya en el siglo XVI, la pujante orden jesuita se aliará del lado inmaculista y junto a los franciscanos, harán frente común contra los dominicos. El conflicto entre partidarios y detractores persistió durante los siglos XIV y XV, en la cual Roma se mantuvo al margen, hasta que Sixto IV (franciscano), publicó la constitución Cum praeexcelsa, en la que se estableció un oficio y una misa de la festividad (1477) y la constitución Grave nimis (1483) en la se asumía en la práctica toda la doctrina elaborada hasta entonces[5]. Pero el dogma siguió sin definirse como tal. Las universidades europeas fueron defensoras de la devoción a la Inmaculada Concepción. La primera en proclamarlo fue la Universidad de Colonia en 1449. Más tarde la Sorbona de París en 1497, la de Maguncia en 1500, y la de Viena en 1501. En España la Universidad de Valencia fue la primera en hacerlo en 1530[6]. Veremos más adelante el caso de Granada. Es curioso observar en este aspecto como la defensa inmaculista va tomando fuerza en todos los sectores de la sociedad. El dato de que los ámbitos académicos, las universidades, procedan a su defensa es significativo. Aunque las universidades no eran en absoluto laicas, porque nada en esa sociedad lo era, no deja de llamar la atención en que asumir esta postura debía ser especialmente distintivo. El Renacimiento no hizo sino aumentar las polémicas, y ahora se buscarán argumentos a favor o en contra. Lutero y los reformadores protestantes se manifestaron totalmente en contra de la definición de la Inmaculada Concepción[7]. Este fue a la postre, el hecho por el cual en el lado católico triunfó la afirmación inmaculista. El Concilio de Trento creará toda una nueva teología, que si bien está basada en la propia tradición católica, sí es cierto que será una teología y una doctrina opuestas a los protestantes. Pero entre los católicos seguía la discusión. Pío V, dominico, en 1570, se vio obligado a prohibir los altercados en los sermones sobre la cuestión inmaculista[8]. Los dominicos defenderán por siglos la postura maculista, en su afán por defender hasta el último detalle la doctrina de Santo Tomás de Aquino, que por otra parte “no estaba muy clara en cuanto a la Concepción Inmaculada de María. Si en algunos pasajes la impugna, en otros duda, y deja la puerta abierta a otras posibles soluciones”[9].
LA CELEBRACIÓN DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN EN ESPAÑA.
Si podemos definir de alguna manera a España, será por su postura inmaculista, y fue aquí donde el tema llegó tener mayor resonancia. No hay que hablar aquí, pero sí citar, el fuerte catolicismo que España manifestará a nivel oficial (la monarquía española) en un momento (siglos XVI y XVII) en los que España es centro de decisiones para todo el mundo. Pero pese a esto, como veremos más adelante en el interior de la propia España también hubo polémicas y disputas sobre el asunto que nos ocupa. En cuanto a la fiesta, esta se celebraba ya en 1273 en Santiago de Compostela y en Barcelona desde 1281. El concilio de la provincia compostelana celebrado en Salamanca en 1310 especificó que se celebrara en toda ella “solemne fiesta de la Concepción de la bienaventurada y gloriosa Virgen, el 8 de diciembre”[10]. En Andalucía se celebra en Córdoba ya en 1350 y en Sevilla, aunque tal vez existiera desde antes, se instituyó en 1369[11]. En todas las iglesias peninsulares se generalizó el culto a la Inmaculada a lo largo del siglo XV, de tal forma que a comienzos de la Edad Moderna los reinos hispánicos participarán de modo activo en la secular polémica encabezada por los dominicos (maculistas) y los franciscanos (inmaculistas). Los Reyes Católicos[12] defendieron la postura inmaculista con la institución en Sevilla de una función solemne y Octava, y solicitando del papa Juan II privilegios litúrgicos en la celebración. Pero en el siglo XVI la polémica no había hecho más que esbozarse. El siglo siguiente verá como esta se aviva y como finalmente se decanta del lado inmaculista. Hasta tal punto en España podemos hablar de “triunfo inmaculista”, que la actual patrona de España no es otra que La Inmaculada Concepción.
LA IMPORTANCIA DE GRANADA EN LA DEFENSA INMACULISTA.
Granada va a jugar un importantísimo papel en la decantación final hacia las posturas inmaculistas. ¿Por qué en Granada? Granada y su reino habían sido los últimos en ser sometidos del lado cristiano en la empresa reconquistadora y había entrado en la Modernidad con una población mixta, donde conviven los cristianos y los antiguos musulmanes, supuestamente convertidos, los moriscos, pero que mantienen durante un siglo más sus costumbres y religión, hasta que finalmente son expulsados del reino en los años que siguen a 1570, tras la Guerra de las Alpujarras. Granada era un reino “nuevo”, que necesitaba fundar una historia y adscribirse a un pasado “cristiano” anterior a la dominación musulmana. Granada había sido cristiana antes que musulmana, y los vencedores son cristianos y tienen que justificar ese pasado remoto. Es justo en este momento cuando aparecen en el Sacromonte varios escritos, supuestamente del siglo I, donde se defendía la Concepción Inmaculada de la Virgen. No entraré ahora en la discusión sobre la veracidad de tales documentos de los que tanto se ha escrito. Evidentemente esos textos tratan de buscar justificaciones históricas a una necesidad coyuntural del momento en que aparecieron. Los llamados “libros plúmbeos” sacromontanos fueron el empuje definitivo para refrendar el culto inmaculista entre los granadinos, pero su mayor trascendencia iba a ser su proyección al exterior[13]. Don Pedro de Castro, el arzobispo de Granada, se convertirá en apasionado defensor de los descubrimientos de Valparaíso y desde entonces tomará partido de forma activa por la causa inmaculista, y máxime cuando sea trasladado a la sede hispalense en 1610. El tema sacromontano (granadino) fue pues, la causa de la exacerbada polémica del siglo XVII, que va a traspasar los ámbitos teológicos, por supuesto también los institucionales, para llegar a convertirse en una cuestión de religiosidad popular, insertada, lógicamente, en la mentalidad de la época.
SEVILLA, 1613.
Como hemos visto, Sevilla tenía ya una honda tradición de devoción inmaculista, pero ahora va a ser escenario de una gran “explosión concepcionista”[14]. Así nos dice Antonio Domínguez Ortiz: “He usado la palabra explosión y no creo que sea exagerada, porque la devoción a la Inmaculada Concepción de María, que ya venía gestándose de tiempo atrás, adquirió en el segundo decenio de aquel siglo caracteres de auténtica conmoción popular, incluso con problemas de orden público”. Don Pedro de Castro, ya en la sede hispalense, apoyado en la autoridad de los libros plúmbeos del Sacromonte, aprovechó el momento para desencadenar contra los dominicos lo que Kendrik llama The Marian war, la guerra mariana[15]. En 1613, el 8 de septiembre, en el Convento dominico de Regina Angelorum, el prior predicó tener ciertas dudas sobre la concepción sin mancha de María, la opinión generalizada en su orden. Los predicadores dominicos se negaban a comenzar los sermones con la invocación que ya empezaba a generalizarse[16], el Ave María Purísima. En este convento existía desde el siglo XVI una cofradía intitulada del Santo Crucifijo e Inmaculada Concepción de María formada por hermanos del estamento nobiliar y que hacía estación de penitencia a la Catedral la tarde del Jueves Santo. Hemos de imaginar el desconcierto de estos cofrades al oír desde el púlpito de su sede canónica que era cuestionable tal atributo de la Virgen. De sobra es conocida la prepotencia de los nobles en la ciudad, por lo que no es de extrañar que unidos al clamor popular contra esta actitud de los dominicos, iniciaran esta explosión de desagravio que le afectaba a su propia condición jurídico-social y creencias y apoyara con su influyente peso todas las celebraciones que se llevaron a cabo y las instancias llevadas a Roma en pro del Dogma, junto a los eclesiásticos[17]. Los jesuitas, los franciscanos y otras órdenes, apoyados por la autoridad del arzobispo, impulsaron una frenética reacción popular[18]. Vemos ya, como el asunto es totalmente una cuestión de religiosidad popular más que de discusión teológica. Se organizaron numerosos actos de desagravio como novenas, procesiones, manifestaciones, juramentos de fidelidad. El pueblo tomó en seguida partido a favor de la Inmaculada y en contra de los frailes de Santo Domingo, que se quedaron solos en sus planteamientos, pues las demás órdenes se les opusieron e incluso alentaron al pueblo en su contra. Los sevillanos intervinieron activamente en esta cuestión teológica, pues ellos la sentían como algo propio, muy suyo. Desde la fecha del referido incidente la ciudad vivió unas jornadas de desbordante fervor mariano. Diariamente se veían salir del convento de San Diego de Alcalá, convento franciscano y foco principal de este movimiento, procesiones de desagravio, largos cortejos de fieles precedidos por un fraile que portaba un estandarte con la efigie de María (Simpecados). Recorrían las calles de la ciudad cantando alabanzas a María y atrayendo con su fervor a muchas personas que, presenciando el cortejo, se animaban a incorporarse a él. El fraile que los presidía era Fray Juan de Prado quien con Fray Francisco de Santiago, el canónigo Mateo Vázquez de Leca y Bernardo del Toro fueron quienes más influyeron espiritualmente, incluso con su esfuerzo personal en la propagación de este fervor concepcionista[19]. Se hicieron populares las coplas y versos que se dedicaban en defensa de la Inmaculada. Se organizó un concurso poético con el fin de premiar las mejores. Se dieron a conocer las compuestas por encargo de la Hermandad del Silencio a Miguel Cid, y que se hicieron enormemente populares desde entonces[20]:
Aunque no quiera Molina ni los frailes de Regina, ni su padre provincial, todo el mundo en general a voces, Reina Escogida, diga que sois concebida sin pecado original.
Una vez que había surgido y desarrollado con tal fuerza este movimiento concepcionista se pensó en las altas esferas eclesiásticas de la ciudad junto con los sacerdotes antes nombrados en enviar una delegación del Cabildo Catedral a Roma y pedir asimismo a Felipe III en esta causa, tan afecta a la Corona. El objeto principal era solicitar del Papa una confirmación explícita de la Inmaculada Concepción, que desautorizara a los maculistas (dominicos) e incluso la definición del Dogma. Esta embajada fue presidida por Vázquez de Leca[21], Bernardo de Toro y Fray Francisco de Santiago, y avalada con un informe del arzobispo Don Pedro de Castro de fecha de 28 de julio de 1615, donde se retrata el apasionamiento que reinaba entonces en Sevilla. Achacaba el infome toda la culpa a los dominicos y negaba que hubieran sido maltratados. Lo que el pueblo fiel hace es todo loable: misas, sermones, octavas. “Comenzaron a salir de noche cantando coplas. Prohibióseles salir de noche. Juntóse gran multitud de gentes cantándolas por las calles con mucha música sin ofensa de nadie. Y han hecho algunas con mucho acompañamiento de la nobleza eclesiástica y secular e innumerable pueblo, tanto que no se cree si no se ve. Con la misma devoción han puesto por la ciudad rótulos que dicen: “María sin pecado original”. Casi no hay lugar donde no esté puesto”[22]. Vázquez de Leca, Bernardo del Toro y Miguel Cid eran cofrades de una gran hermandad, pionera en la ciudad de la causa concepcionista: la de Nuestro Padre Jesús Nazareno (el Silencio), que con su hermano mayor Tomás Pérez al frente juró defender el Misterio con voto de sangre, como consta en el acta del cabildo en donde tuvo lugar el acuerdo solemne de fecha 23 de septiembre de 1615, dos años después de que se desencadenara la cuestión[23]. A su ejemplo todas las demás hermandades y cofradías realizaron este juramento junto con pomposas funciones en honor de Nuestra Señora. Muy curioso y significativo fue el caso de la hermandad de Nuestra Señora de los Ángeles (llamada de los Negritos, pero estar formada exclusivamente por personas de esta raza) en la que dos de sus principales oficiales, el hermano mayor Molina y el alcalde Pedro Moreno (negros) decidieron venderse como esclavos para que la hermandad, pobre de recursos pudiera costear una solemne función a la Inmaculada. El episodio causó una fuerte impresión en Sevilla[24]. Como vemos religiosidad popular llevada a todos sus extremos, en el que incluso participan minorías raciales, abundantes por entonces en Sevilla. En 1616 la práctica totalidad de las cofradías se suman a la solemnísima procesión de desagravio que condujo a la imagen de la Concepción de Regina (sin duda la imagen más significativa por la ya expuesto) al convento de San Francisco para allí celebrar solemne Triduo en su honor. Junto a ellas, las autoridades en pleno, lógicamente, y un notabilísimo concurso de público. Fruto de la embajada sevillana destacada en Roma, en octubre de 1617 se recibió la bula de Paulo V, y las calles de Sevilla fueron una auténtica fiesta, desbordándose el entusiasmo, con repique, luminaria, corridas de toros y otros festejos[25]. La bula, si bien no define el dogma de la Inmaculada Concepción, sí concede plena libertad para seguir con la devoción. A los maculistas se les prohíbe exponer sus ideas en público, aunque no las condena. Para el pueblo constituía una enorme alegría que el papa confirmase lo que ellos habían proclamado con tanto ardor[26]. Con este Breve concluye lo que se podría denominar como el fenómeno concepcionista en su fase inicial, la más álgida y la que da sentido a todos los acontecimientos posteriores: la apertura de la recta final de cara al Dogma. Como dice Serrano y Ortega[27]: “No paró… el fervor y el entusiasmo del pueblo en sólo las ruidosas procesiones y fiestas religiosas que se efectuaron, sino que de todo ello nació un pensamiento sublime, de gran trascendencia e importancia para la causa en defensa de Nuestra Señora”[28]. La contradicción ya sólo la mantendrían algunos tenaces aislados. Desde hacía tiempo, gubias y pinceles trabajaban en representar de manera plástica una devoción tan arraigada en el pueblo sevillano y que tanta influencia tuvo en el arte de la época[29]. El arte como expresión de la historia. Los dominicos de ahora en adelante, fomentarán con mayor calor su tradicional devoción al rosario, otro capítulo de la religiosidad popular andaluza, que no es ámbito del tema de este trabajo.
LA EXPLOSIÓN CONCEPCIONISTA EN ANDALUCÍA.
Ciertamente que los hechos ocurridos en Sevilla en la segunda década del siglo XVII parecieran aislados y circunscritos a las características de la gran urbe andaluza en esos años. Nada más lejos de la realidad. En 1614 en Córdoba, Fray Cristóbal de Torres, fraile dominico del convento de San Pablo se atrevió a manifestar claramente su opinión contraria a la Limpia Concepción de María, el mismo día 8 de diciembre. Como era de esperar surgió el escándalo, tanto entre los miembros del cabildo eclesiástico como entre el numeroso público asistente[30]. La ciudad se dividió en dos bandos, “de un lado los dominicos, que apoyarán a su compañero de religión Fray Cristóbal de Torres y, de otro, el cabildo catedralicio, que tiene en el canónigo Álvaro Pizaño de Palacios uno de los principales protagonistas del enfrentamiento. En medio se encuentra el titular del Obispado (Fray Diego de Mardones), cuyo papel mediador se ve obstaculizado por su condición de religioso de Santo Domingo”[31]. El obispo dio un edicto en agosto de 1615 prohibiendo los actos en honor de la Inmaculada y las disputas sobre la cuestión concepcionista. La reacción del cabildo eclesiástico fue recusar el edicto y celebrar una fiesta a la Inmaculada Concepción, “previo llamamiento al vecindario, que acude masivamente a demostrar su fervor y, de paso, a rechazar el silencio impuesto por el ordinario de la diócesis”. El ayuntamiento también rechazó el documento episcopal. Una Real Provisión de 24 de noviembre de 1615 ordena al prelado la suspensión de las prohibiciones dictadas[32]. Un triunfo más de los inmaculistas apoyados por el entusiasmo popular. Todos estos acontecimientos hicieron que se favorecieran el incremento del culto en unas poblaciones que no querían quedar al margen de este arrebato religioso contrarreformista. Écija hizo voto y juramento concepcionista en septiembre de 1615, y el 29 de diciembre del mismo año lo hizo Jerez de la Frontera. En Granada y en Sevilla se vivía con exaltación el fervor inmaculista. Pero los grupos contrarios, liderados por los dominicos, también estaban activos, pues creían tener de su lado a la Corte con el apoyo del dominico Fray Luis de Aliaga, confesor del monarca, e incluso, de forma más o menos soterrada con la del mismo Nuncio, Antonio Caetani, lo que dio lugar a momentos de evidente tensión[33]. En 1616 se organizó una fiesta inmaculista en Málaga y otra en Priego de Córdoba[34]. El 2 de septiembre de 1618 tiene lugar el juramento de los capitulares de la ciudad de Granada –eclesiásticos y civiles-, celebrado a petición del prelado, Don Felipe de Tassis y Acuña, seguido con la típica mezcolanza de lo sacro y lo profano, de una procesión multitudinaria, una corrida de toros y un juego de cañas[35]. Henríquez de Jorquera nos narra: “Hicieron voto con juramento en manos del señor arzobispo los dos cabildos de defender la Concepción de la Virgen y morir por ella”[36]. El 25 de noviembre del mismo año le correspondió el turno a la Universidad de Granada, que hizo juramento en la Iglesia de San Justo. “Juraron los doctores, maestros y licenciados defender la pía devoción de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora. Fue este acto muy célebre y de grande festividad”[37]. El profesor Szmolka Clares[38] nos indica una confusión de fechas cometida por el cronista Henríquez de Jorquera a la hora de relatar los hechos, aclarándonos Szmolka que el voto de la Universidad de Granada fue el primero de los celebrados en esta ciudad y el único del año 1618. Mientras que el voto de los Cabildos civil y eclesiástico debió celebrarse en fecha posterior, tal vez ya al siguiente año, en 1619. Finalmente el 20 de noviembre de 1621, el municipio de Granada estimulaba la construcción cerca de la puerta de Elvira (Plaza del Triunfo) de un monumento al Triunfo de la Virgen, terminado en 1631, con una bella escultura de Alonso de Mena[39]. Fue el primer monumento de este tipo erigido en España. Nos queda también citar a Guadix. Allí Fray Plácido de Tosantos ocupaba la sede episcopal, pero antes participó en Roma en las controversias inmaculistas. Su sucesor en la sede de San Torcuato, Fray Juan de Arauz (1625-35), formuló solemnemente el voto de defensa de la Inmaculada[40]. El voto inmaculista se hizo imprescindible para ingresar en cualquier institución andaluza del momento. Málaga lo hará en 1654.
GRANADA, 1640.
Pareciera que aquí narrados, tras los hechos del segundo decenio del siglo XVII la cuestión inmaculista había quedado totalmente zanjada. Nada más lejos de la realidad. Las polémicas y discusiones continuaron por años, y su causa hay que buscarla en las continuas negativas papales a la declaración dogmática (ya sabemos que no será Dogma hasta 1854). Pero la devoción a la Inmaculada se ha impuesto tras esos acontecimientos y sus detractores se hallan en posiciones un tanto ocultas, retraídos ante el avance conseguido por los inmaculistas que no han dejado de ganar adeptos y en los que la misma Monarquía, ahora encarnada por Felipe IV, ha pasado de ser, con empuje decidido y sin el menor resquicio de duda, el más firme bastión, interno y externo, en su defensa[41]. Pero Roma no terminaba de dar el paso. Por eso continuaron las polémicas. Así se entiende que veinte años después de los hechos narrados con anterioridad, en 1640, vaya a saltar de nuevo la chispa inmaculista, esta vez con la ciudad de Granada como protagonista. Todo empezó en la noche del Jueves al Viernes Santo de 1640. Así nos narra Henríquez de Jorquera: “En seis días del dicho mes de abril deste dicho año de 1640, viernes santo por la mañana, amaneció en las esquinas de la pared de las casas del cabildo desta ciudad de Granada, un libelo infamatorio en contra de nuestra Santa fe católica y en contra de la pureza y virginidad de nuestra Señora, el qual le hallaron fijado en la dicha pared y los que le hallaron le llevaron al Tribunal del Santo Oficio. Estaba escrito con una pluma de caña; causó este libelo grande escándalo en los vecinos desta ciudad”[42]. El libelo defendía también a la religión judía como la única verdadera[43]. Es curioso comentar que Henríquez de Jorquera habla de una ofensa contra la “pureza” (Concepción Inmaculada) y contra la “virginidad” de María, o sea atacaba las dos creencias más fuertemente arraigadas en la devoción popular a la Virgen, como, también, difícilmente distinguibles entre ellas para los no letrados, e incluso para los que no tuvieron alguna formación mayor. La aparición del sacrílego escrito hirió profundamente los sentimientos de la población, hasta el punto de tenerse que tomar medidas con el fin de evitar desbordamientos indeseados de la indignación producida, en particular cuando creció el rumor de que entre los sectores judeoconversos portugueses se encontraban los responsables de las infamantes palabras[44]. El martes de Pascua los terciarios franciscanos y la parroquia de Santa Escolástica organizaron sendas y tumultuarias procesiones al Triunfo, a las que siguieron las de la Soledad, Colegio Eclesiástico, Hermandad de Pasión y otras. El 11 de abril, Miércoles de Pascua, salió la cofradía de la Soledad de la Madre de Dios (pareciera que seguía siendo Semana Santa) previa licencia del ordinario. Se cerró la Alcaicería como si fuese festivo y a las cuatro se puso en marcha el cortejo, en el que figuraron más de mil quinientos hermanos. Hizo primero estación en la Catedral para seguir posteriormente a la Iglesia de Santiago, ante cuya puerta el Tribunal del Santo Oficio levantó un altar presidido por la imagen de Nuestra Señora de la Paz. Después, por la calle Elvira, siguió la procesión hasta el Convento de la Merced y el Triunfo, donde se celebró la estación principal para regresar a su templo bien avanzada la noche tras haber hecho otras estaciones en los Capuchinos, San Juan de Dios, San Jerónimo y San Pablo[45]. El mismo día salió desde la Catedral Nuestra Señora de Guía en procesión organizada por el Colegio Eclesiástico, siguiendo el mismo itinerario. La concurrencia debió ser muy elevada. Henríquez de Jorquera dice que esta se contaron “más de cinco mil hachas, y unas mil quinientas velas de cofradías y particulares”. Hasta tal punto que “fue una confusión el poner en orden tanta cofradía y hermandad y darle a cada uno su lugar”[46]. El jueves 12 de abril salió de igual forma la cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo. Llevó las imágenes del Ángel Custodio y de Nuestra Señora de los Desamparados. También salió el mismo día la Virgen de los Remedios de la Parroquia del Sagrario, siguiendo el mismo itinerario[47]. El viernes 13 de abril iba a salir la de la Oración en el Huerto en la misma forma pero el provisor para tranquilizar a la gente y evitar gastos y la paralización de la ciudad prohibió las procesiones en días laborables aconsejando que sólo se hiciesen funciones en el interior de los templos y procesiones por sus inmediaciones. No obstante, fueron cerca de cincuenta las manifestaciones que se hicieron entre los meses de abril y noviembre, en las que no faltaron ninguna parroquia, convento, gremio, cofradía, institución o grupo social, coexistiendo con la celebración propiamente religiosa –función y procesión- otras iniciativas como concursos literarios, mascaradas, corridas de toros y fuegos artificiales[48]. El día 15 (como era festivo) salió en forma de doctrina, una procesión del Colegio de San Pablo de la Compañía de Jesús, participando los niños de las escuelas, la congregación de la Anunciata de los estudiantes mayores, la congregación del Salvador, la del Espíritu Santo y la de la Santísima Trinidad[49]. Y así continuaron celebrándose todo tipo de actos, como el 6 de mayo, que salió la Cofradía de Jesús Nazareno y Santa Elena en unión de la comunidad carmelita; o el 29 de mayo, día en que salió la Hermandad de las Angustias, procesión deslucida por una tormenta[50]. Estos acontecimientos inspiraron las plumas de Álvaro Cubillo de Aragón para el auto sacramental El hereje y de Luis de Paracuellos Cabeza de Vaca para el llamado Triunfales celebraciones[51]. Los autos marianos fueron frecuentes esos días, convocados por el municipio. Gran éxito tuvo la representación del auto mariano de Calderón de la Barca La hidalga del valle, escrito pocos años antes[52]. En todos estos actos, civiles y religiosos, vemos manifestarse en todo su esplendor todo el entramado barroco de la piedad y de la religiosidad populares. En Granada 1640 es sin duda “el año barroco” por excelencia. Nada hace pensar, leídos estos hechos, que España se encontraba inmersa en el peor momento de toda la Edad Moderna. El 7 de julio se descubrió finalmente al culpable del libelo, un ermitaño que vivía precisamente en el Triunfo. La intención del Santo Oficio era llevarlo a la hoguera, pero en su defensa argumentó que lo había hecho para fomentar aún más la devoción a la Inmaculada[53]. En fin, todo culminó con el auto de fe del 16 de diciembre celebrado en la Iglesia de Santa Cruz, en el que se condenó al culpable a diez años de galeras. Desde este momento los actos de desagravio dieron paso a los de acción de gracias. Entre los más importantes, pues fueron muchos los que se celebraron hasta final de año, destacó el Te Deum que de inmediato tuvo lugar en la Catedral con asistencia de los dos cabildos y demás autoridades y el que, algo más tarde, celebró el convento de Gracia con asistencia del Real Acuerdo, Santo Oficio y Ayuntamiento, seguido de procesión, fuegos artificiales, mascarada y corrida de toros[54]. El tema de la Inmaculada seguirá vivo en los sentimientos de los granadinos. Alonso Cano lo plasmará magistralmente en su pequeña y bella Imagen que se guarda en la Sacristía de la Catedral. No será la única referencia artística del Barroco a esta iconografía.
LA POLÉMICA CONTINÚA.
Pues a pesar de todo, las controversias entre maculistas e inmaculistas continuarán en España bastantes años más. Felipe IV apoyaba la causa inmaculista e instó al papado en reiteradas ocasiones para su declaración dogmática. Pero los sucesivos papas entre 1623 y 1655, Urbano VIII e Inocencio X, eran contrarios a las tesis inmaculistas, y si bien permitían la fiesta de la Concepción de la Virgen María, no dejaban usar el epíteto inmaculada[55]. Conocido esto hacia finales de 1646, fue airada la protesta de Sevilla, y la actitud de los maculistas regresó con ímpetu y volvieron a proliferar los escritos defendiendo las dos posturas enfrentadas, y con ellos las algaradas y los alborotos populares, enconando de nuevo la contienda, a la vez que se asistía, otra vez, a una etapa de renovado fervor concepcionista[56]. El nuevo papa Alejandro VII en 1655 autorizó que se pudiera usar la expresión Concepción Inmaculada. Felipe IV envió una nueva embajada a Roma para resolver el tema definitivamente, al frente de la cual estaba el franciscano Fray Francisco Guerra, obispo de Cádiz y electo de Plasencia, pero al fallecer se encargó a Don Luis Crespi de Borja, obispo de Orihuela. Logró un resultado muy satisfactorio al publicar el papa la bula Sollicitudo omnium ecclesiarum (8 de diciembre de 1661), en el cual se expresa que María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción y que tal misterio era objeto aceptado por la Iglesia de creencia y culto[57]. Pero la declaración dogmática siguió sin conseguirse. Lo interesante es que desde ese momento la contradicción sólo la mantuvieron algunos tenaces y aislados maculistas, que veían como sus argumentos no eran objeto del menor interés para la inmensa mayoría de los fieles. En 1663, el dominico Fray Juan de Ribas en un sermón predicado en el convento de San Pablo de Córdoba, ajusta la doctrina de Santo Tomás al documento expedido por Alejandro VII[58]. Vemos por tanto como los maculistas se resignan finalmente. Una Real Cédula de Felipe IV de fecha de 23 de abril de 1663 lo dejaba bien claro: prohibía incluso a los dominicos hablar en contra de la Inmaculada Concepción de la Virgen. La devoción inmaculista encontró una gran respuesta masiva por parte de todos los estamentos sociales, lo que favoreció la religiosidad popular. Esta unión de aspectos populares e institucionales se percibe en toda la rica diversidad de acontecimientos que se suceden de forma continuada a lo largo y ancho del territorio andaluz, especialmente en el urbano, con la numerosa participación de los súbditos de aquella monarquía sacralizada, pero a la vez en los diferentes protagonistas que los hicieron posibles: cofradías, órdenes religiosas, clero secular, encabezado por la jerarquía e instituciones civiles[59]. Los ánimos se apaciguaron tras la bula de Alejandro VII, no el empeño de la monarquía, ya en la figura de Carlos II, de conseguir el tan ansiado dogma. Inocencio XII en 1696 publica el breve In excelsa, en el que se equipara la festividad de la Inmaculada Concepción con las otras dos festividades más solemnes de la Virgen: Natividad y Asunción. Curiosamente su antecesor Inocencio XI en 1682 había condenado la falsedad de los libros plúmbeos del Sacromonte granadino, cuyo papel detonante en la polémica inmaculista había sido tan importante cuando los usó así el arzobispo Don Pedro de Castro y Quiñones[60].
CONCLUSIÓN.
Son múltiples los factores que actuaron al unísono en Andalucía en la polémica maculista – inmaculista[61]:
He querido poner los dos casos más conocidos y efervescentes de aquella polémica como ejemplo. Como conclusión quiero establecer las semejanzas y las diferencias, que a mi modo de ver, pueden observarse en ambas situaciones, la sevillana de los años 1613 y siguientes y la granadina de 1640. Ambas tienen en común:
Ø Se trata de la misma polémica, la que enfrenta tesis maculistas con tesis inmaculistas. Retractores y defensores de una cuestión teológica pero en la que intervienen todas las capas de la sociedad. No olvidemos la inserción del tema en la mentalidad barroca del momento.
Ø Defensa inmaculista exacerbada de todas las instituciones, religiosas (hermandades y cofradías, clero secular, clero regular –excepto dominicos lógicamente-, jerarquía eclesiástica) y civiles (cabildos municipales, universidades, caballeros veinticuatro…).
Ø Manifestaciones populares de todo tipo, religiosas (misas, procesiones, desagravios…) y civiles (mascaradas, representaciones teatrales de autos marianos, corridas de toros…). Observamos pues, una sociedad, deseosa de “estar siempre de fiesta”.
Ø Intervención de la monarquía, siempre a favor de la postura inmaculista, e instando a Roma decretos y bulas a favor de permitir su culto. Pese a todo, podemos hablar de “fracaso” de la poderosa monarquía española, pues la declaración dogmática no llegará hasta dos siglos después.
Pero entre los hechos de Sevilla de 1613 y los de Granada de 1640 pueden verse también algunas diferencias:
Ø El origen de la polémica, es más “culto” en Sevilla: todo comienza con la predicación de un dominico en un sermón, manifestándose en desacuerdo con la Inmaculada. En Granada en cambio pueden verse matices más “populares”: todo se origina con un libelo anónimo colocado en el cabildo, y su autor no era clérigo e incluso parece que logró lo que supuestamente perseguía el eremita, fomentar la devoción a la Inmaculada.
Ø La polémica de Sevilla del segundo decenio, que como vimos, se extendió a toda Andalucía, consigue una declaración Inmaculista de todas las instituciones en las ciudades. La postura inmaculista será defendida en adelante “oficialmente”. En Granada en 1640 eso ya estaba conseguido dos decenios antes, por lo tanto se trata de una muestra de esa defensa “oficial” de todos contra la manifestación de un hereje, no de un clérigo.
Ø En Sevilla se conocía al culpable que dio origen a todo el alboroto. En Granada, había que buscarlo, y por eso intervino el Santo Oficio, en defensa de lo que las instituciones ya habían refrendado años antes.
BIBLIOGRAFÍA.
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[1] CORTÉS PEÑA, A.L., Religión y Política durante el Antiguo Régimen, Universidad de Granada, Granada, 2001, pág. 103. [2] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 104. [3] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 104. [4] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 105. [5] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 105. [6] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 105. [7] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 106. [8] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 106. [9] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Historia de Sevilla, La Sevilla del siglo XVII, Universidad de Sevilla, Sevilla, 1984, pág. 238. [10] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 107, que cita a FRÍAS, Lesmes, Antigüedad de la fiesta de la Inmaculada Concepción en las Iglesias de España, Miscelánea Comillas, 1954, XX, pág. 37. [11] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 107, que cita a FRÍAS, Lesmes, Íbidem, págs. 47 y 48. [12] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 107. Vemos como otra institución, en este caso la monarquía se manifiesta también a la defensa inmaculista. [13] Cfr. CORTÉS PEÑA. A.L., ob. cit., pág. 109. [14] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., ob. cit., pág. 237. [15] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., ob. cit., pág. 238. [16] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., ob. cit., pág. 238; Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 112; Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., La Semana Santa en la Sevilla del Barroco, en Semana Santa en Sevilla, Sangre, Luz y Sentir Popular, Gemisa Ediciones, Sevilla, 1986, pág. 84. [17] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 85. [18] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 112. [19] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 85. [20] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 86. [21] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 86. [22] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., ob. cit., pág. 239. [23] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 86. [24] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob.cit., pág. 86. [25] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., ob. cit., pág. 239. [26] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 87. [27] SERRANO Y ORTEGA, MANUEL, Glorias religiosas de Sevilla. Noticia histórica de la devoción y culto que la MN y ML ciudad de Sevilla ha profesado a la Inmaculada Concepción, Sevilla, 1893. [28] Cfr. ROMERO MENSAQUE, C.J., ob. cit., pág. 87. [29] Cfr. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., ob. cit., pág. 239. [30] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 113. [31] ARANDA DONCEL, J., La devoción a la Inmaculada Concepción en tierras cordobesas durante el siglo XVII, en La Orden Concepcionista. Actas del I Congreso Internacional. León, 1990, Vol. 2, pág. 551. [32] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 114. [33] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 115. [34] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 122. [35] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 123. [36] HENRÍQUEZ DE JORQUERA, FRANCISCO, Anales de Granada, Edición de Antonio Marín Ocete, Universidad de Granada, Granada, 1987, Vol., 2, pág. 622. [37] HENRÍQUEZ DE JORQUERA, F., ob. cit., pág. 624. [38] SMOLZKA CLARES, JOSÉ, Universidad y Religiosidad Popular. La Universidad de Granada pionera del Voto Inmaculista, Revista Gólgota, Real Federación de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Granada, Granada, 1996, pág. 50. [39] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 124 y CORTÉS PEÑA, A.L. VINCENT, B., Historia de Granada III. La época moderna, Granada, 1986, pág 204. [40] Cfr. LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ, M.L., Iglesia, Religiosidad y Mentalidades en Historia del Reino de Granada, Vol. 3, Del siglo de la Crisis al fin del Antiguo Régimen (1630-1633), de Francisco Andújar Castillo (ed.), Universidad de Granada y el Legado Andalusí, Granada, 2000, pág. 210. [41] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., Religión y Política durante el Antiguo Régimen, Biblioteca de Bolsillo, Universidad de Granada, Granada, 2001, pág. 130. [42] Cfr. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, F., ob. cit., pág. 846. [43] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 131. [44] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., págs. 130-131. [45] Cfr. SZMOLKA CLARES, J., La Semana Santa Barroca (siglo XVII) en Semana Santa en Granada Vol. 1, Gemisa Ediciones, Sevilla, 1990, pág. 85. [46] Cfr. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, F., ob. cit., págs. 848-849. [47] Cfr. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, F., ob. cit., pág. 849 y SZMOLKA CLARES, J. ob. cit, pág. 85. [48] Cfr. SZMOLKA CLARES, J., ob.cit., pág. 84. [49] Cfr. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, F., ob. cit., pág. 850. [50] Cfr. SZMOLKA CLARES, J., ob. cit., pág. 85. [51] Cfr. LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ, M.L., ob. cit., pág. 210. [52] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 135. [53] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 134. [54] Cfr. SZMOLKA CLARES, J., ob. cit., pág. 85. [55] Cfr. CORTÉS PEÑA. A.L., ob. cit., pág. 138. [56] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 139. [57] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., págs. 139-140. [58] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 141. [59] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 144. [60] Cfr. CORTÉS PEÑA, A.L., ob. cit., pág. 147. [61] Cfr. CORTÉS PEÑA. A.L., ob. cit., págs. 145-148.
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