EL NAZARENO
E l A t r i l
"El diálogo amistoso"
| Este verano no nos
podemos quejar por la escasez de noticias cofradieras habitual de la época estival. Todo
debemos "agradecérselo" al señor Arzobispo que devolvió corregidas las reglas
que hace varios años le habían enviado algunas Hermandades. Desde un principio quiero dejar claro que estoy muy de acuerdo con el criterio del Arzobispo en los puntos que han sufrido corrección, pero el problema de este asunto no está en los fines, sino en los medios que el Arzobispo ha empleado para imponer su criterio. Y espero que la Diócesis de Sevilla no se rija por doctrinas maquiavélicas, que parecen estar bastante alejadas del comportamiento cristiano. Y es que aunque yo llevo muy poco tiempo metida en este mundillo cofradiero, me he dado cuenta de que uno de los puntos flacos es la falta de entendimiento entre Palacio y las Hermandades, y que cada vez que surge algún problema acaban entendiéndose mediante recurso legal aplicando el Derecho Canónico, aunque en las declaraciones a los periódicos todos hablen de su intención de diálogo. Pues o la forma de diálogo amistoso es muy curiosa o de diálogo nada de nada. Las reglas se devuelven por correo cuando el Arzobispo está de vacaciones, las cofradías recurren, el Consejo habla, pero no se saca nada en claro, y ahora se responde al recurso animando a recurrir más. ¡Qué diálogo más raro! Y éste es el verdadero problema, que Hermandades y Palacio se sienten enemigas; cosa verdaderamente triste cuando ambas trabajan con unos fines muy parecidos: buscar lo mejor para la diócesis de Sevilla y mantener viva la fe de los católicos sevillanos. Así que por muy privadas que un hipotético y poco probable futuro llegaran a ser las Hermandades, nunca podrían vivir a espaldas de su Arzobispo, que es máxima autoridad católica en la diócesis, siendo las Hermandades instituciones indiscutiblemente católicas. Y por otra parte Palacio tampoco puede negar que uno de los pilares de su diócesis la forman las Hermandades. ¿Cuántos templos estarían cerrados sin la ayuda de las Hermandades que en ellos habitan? ¿Cuántos cultos dejarían de celebrarse si no estuvieran organizados por las Hermandades? ¿Cuántas obras asistenciales que ahora son una realidad no serían más que una utopía sin la ayuda de las Bolsas de Caridad? ¿Cuántos cofrades que ahora se sienten cercanos a Dios animados por el culto a sus titulares pasarían al grupo de los indecisos y paradójicos "católicos no practicantes"? Y visto esto sólo me queda formular una pregunta: ¿por qué si trabajan por lo mismo, si se necesitan mutuamente, no lo hacen de una forma conjunta y no ensayan de verdad la fórmula del diálogo amistoso sin rencillas? Rosa. 21/08/2001 |